Friday, November 6, 2009
Del escriba deudor
Tuesday, October 20, 2009
Thursday, October 15, 2009
La odisea de un hombre bueno
Rubén Ortiz y su esposa Anays Miranda ante la estatua del Padre Félix Varela, en San Agustín, Florida (Estados Unidos). Foto tomada de Facebook.Esta semana que ya casi termina me enteré con profunda tristeza que el viejo Rubén fue encarcelado en su querida ciudad de Santiago de Cuba, acusado sabe Dios de cuántas de esas figuras que bajo una dictadura totalitaria como la que padece la Isla toman el nombre de "delictivas". Ya varios medios de prensa se han encargado de denunciar su detención, pero a pesar de ello, Rubén y su colaborador eclesial Francisco García Ruiz se mantienen incomunicados en una mazmorra de Versalles, sede del Departamento de Procesamiento Penal -comúnmente llamado "Todo el mundo canta"- del Ministerio del Interior cubano. En otros tiempos a esos sitios se les llamaban vulgarmente "centros de torturas", pero ya sabemos que la corrección política tan asociada a las izquierdas y a cierta prensa sólo aconseja denunciar esas prácticas si las realiza, por ejemplo, una nación democrática, como Estados Unidos, o una dictadura de las llamadas "de derechas", como la del chileno Augusto Pinochet.
Los que lean la nota publicada por el periodista Wilfredo Cancio en El Nuevo Herald tendrán detalles de la acusación. Pero en resumen Rubén, de 68 años, y Francisco, de 46, ambos con responsabilidades dentro de la Convención Bautista Oriental de Cuba, fueron detenidos por la Policía el pasado 3 de octubre, cuando se dirigían desde Santiago hacia la vecina provincia de Guantánamo para llevar una suma de dinero que estaba destinada a diversos proyectos institucionales relacionados con la agricultura y la alimentación en esa zona.
Para los que dudan de la integridad ética de estas personas, específicamente en el caso de Rubén, les digo que este hombre no tenía ninguna necesidad de traficar absolutamente con nada, de violar ningún torpe estamento judicial, pues sus tres hijos residen fuera de la Isla y contribuyen con sus donaciones, remesas y ayudas personales e institucionales a sostener esos proyectos. Ha puesto su vida al servicio de la Iglesia Bautista en el oriente de Cuba y sensibilizado con el dramático tema de la hambruna que padece Cuba ha salido a buscar alternativas para contribuir a aliviar en algo las carencias que sufren los miembros de sus comunidades. Pero ni siquiera eso es normal y posible en ese desdichado país nuestro.
El mal de fondo es que en Cuba no hay posibilidad de amparo legal fuera del esquema gubernamental trazado desde el Palacio de la Revolución desde hace ya muchos años. Es por ello que el denominado "delito económico" a menudo se convierte en político por el fuerte basamento represivo del régimen y las continuas violaciones del propio marco legal que ellos han creado, cometidas por las mismas autoridades que deberían encargarse de impartir lo que ellos consideran "justicia".
Rubén tiene ya una edad avanzada. Padece enfermedades, achaques propios de la edad. No es difícil imaginar lo duro que debe estar siendo para él este injusto encierro, sin posibilidad de visitas familiares, en el que deben estar tratándole como si fuera un delincuente. Le dedico estas líneas porque lo conozco y por el cariño que le tengo de toda una vida, porque sé de sus cualidades, dignas de no ser puestas jamás en tela de juicio y porque siempre nos abrió los brazos especialmente a mi madre y a mí para recibir en su casa al niño que yo era cuando debía viajar hasta Santiago para atenderme en la antigua Colonia Española, reconvertida en clínica durante aquellos años.
No cabe otra cosa que esperar que toda esta odisea por la que están atravesando estos dos cubanos y sus familias pueda tener fin pronto y sin secuelas. Pero una cosa son nuestros deseos y otra bien distinta es la cruda realidad.
Thursday, October 8, 2009
Cuaderno de bitácora III
Es difícil no asociarlas contrapuestas. Así las vi y las veo. Quizás sea porque nunca viví -vivir, lo que se dice vivir, tener "cuota"- en ninguna de las dos. Pero están en mi geografía. Y las menciono. Y cuando las menciono vienen a mí. Y vuelven a marcharse cada una por su lado, como gemelas en disputa, saltando por la ventana o echando a correr escaleras abajo.
De la una hablan todos. De la otra parece no hablar nadie. Acaso muy pocos. La una quiere salvarse. La otra sigue su ruta hacia el olvido, que es la destrucción total por otros medios. Lo implacable descrito con ligereza.
En Santiago puedes hundirte. Y de paso respirar empalagosamente mientras buscas algún asidero. Todo es turbio y transparente a la vez.
Bajábamos dos o tres veces por semana a la ciudad. A veces más. Partíamos desde la Loma de Quintero. Otra vez. Escaleras abajo. Otra vez. Y luego, al regreso, aquellas virutas de pan seco.
Y una caja de libros al hombro.
Para mí las palabras despertaron entre aquellas paredes multiplicadas. Hicieron su danza. Palabras y paredes. Volvían y se marchaban.
Santiago, esa sofocación. Esos rapers de turbamulta mutando en reguetoneros y un grupito de viejos tocando sus sones en cualquier parque de Enramadas. Esas destrucciones.
El mapa de Santiago, aquel mapa de ciudad carcomida, comprendía una línea de tiza que trazábamos desde Cuabita hasta la última de las librerías al alcance de nuestra avidez de escritores en ciernes. Todas las ganas del mundo por llegar a algún lugar. A algún lugar desconocido, situado siempre más allá de cualquier racionalidad.
Allí, donde fui indocumentado por unas horas, todo se volvía austero, fútil, descomplicado y la vez tan difícil.
Más de una página, en poema o cuento, intentó recoger aquellos humos de pueblo grande, de gran urbe encogida, venida a menos. Todas esas cuartillas tienen hoy la calidad del material inflamable, es decir, la dignidad de la combustión inmediata. Lo mismo que una ciudad con tantos estigmas y tan escasos apologetas.
Tuesday, September 29, 2009
Los ojos inyectados
Desde algún punto en el vacío, Ángel Escobar nos mira.Vacío. Suicidio. Insaciabilidad.
Ya no soy el muchacho que mira / desde el reborde aquel de la ventana.
Ángel Escobar. Los cuchillos. El grito. Guantanamero que delira con perga de cerveza. El astillado. El que vio morir a los suyos bajo paliza y dentellada. Uno siente rondar la muerte y su olor no es frívolo. Cuando nos ronda la muerte se prescinde de lo anodino del vivir, se restan banalidades, se apoca el anecdotario de la insulsez, se cobija uno en los antónimos del artificio.
Una voz desde la pantalla habla de ojos inyectados.
Ángel Escobar. Ese poeta disidente que (han dicho) se repetía.
Escribí en medio del vocerío, dice Ángel Escobar y es el primer poeta cubano que nos enseña que el lenguaje NO es fatalidad, aquello recordado por Nietszche que dijo Homero que dijo Hegel. Adiós, iconos de la vida real, vanidad de animal público.
Ángel Escobar pudo fundar para sí una de-generación, una antiescuela, un contramito, una deslegión de verbinautas hacedores de otras volutas. Pudo hacer contra-revolución (y la hizo al lanzarse al vacío y pegar su cuerpo contra el cemento en La Habana el Día de San Valentín 1997).
Me contaron de aquella grande mesa con objetos: Ángel Escobar le llamaba su novela.
Me contaron que bebía cerveza de una pipa que situaban cerca de su casa en Alamar, creo. Y que eso lo aliviaba.
Me contaron la anécdota de una falsa Sandra.
Y de cierta borrachera y trajín amatorio en una piscina con cierta ninfómana devenida respetada escritora/funcionaria de provincia en Matanzas años 80.
Hay unas cuantas cartas a amigos, a su novia eterna, Anita Jiménez, a otros seres cercanos. Hoy lo sabemos: son cartas para aferrarse a una no-explicación, son cartas para sí mismo.
Ángel Escobar (me) (nos) contó su día de cuchillos.
Me traje de Cuba el libro que recopila toda su poesía. Leyendo aquellos sus poemas de los 70, llueve la extrañeza. Releyendo los últimos escritos antes del salto, vuelven las preguntas.
Es cierto. Hubo la NADA. Hubo el VACÍO en la poesía cubana. Vinimos a saberlo tarde, justo tras aquel salto, releídos algunos libros. Ese vacío lo mató. Y ese vacío es: oquedad necesitada de un portavoz.
Debimos estar allí, con él, a su lado en el día terrible, atarlo a la cama como aquel Rimbaud narrado en uno de sus poemas del libro Abuso de confianza. A su lado. Como a su lado estaban Carroll, Borges, Kafka. Eso ha dicho alguien torpemente para hacernos sentir inútilmente culpables.
Erradamente también, alguien disertó sobre la intelectualización del dolor en su poesía. No es dolor tamizado sino dolor mismo, dolor antiguo que se prolonga y trasmuta. Cuéntame lo que me pasa, aquella su estación vallejiana, es el nombre que dieron a su volumen de narraciones, que muestran tanto como sus poemas. Páginas que cifran una indagación, la búsqueda de otras modulaciones hacia lo inexorable.
Tendemos a considerar como trasgresión del lenguaje los meros juegos con las palabras, la implosión sintáctica, todo lo que en Ángel Escobar no es gesto sino único modo de aferrarse a lo incorruptible de una respiración.
Será difícil trazar hoy las rutas de formación de una poética. Plácido, Juan Francisco Manzano, tal vez. ¿Pero es una poética lo que hallamos en Ángel Escobar? ¿Es menos un sistema de ideas emparentadas, afines, y más un cuerpo de resistencias que halla verificaciones en el poema?
Si en una zona importante de la poesía cubana hallamos “rechazo de la literatura considerada como práctica demoníaca, y el correspondiente elogio de la poesía en tanto actividad integradora, donde no cabe la división”, Ángel Escobar emprendió su andadura a contrapelo de lo icónico y erigió un decir absolutamente singularizado desde las antípodas. Era como si encarnara aquella pregunta lezamiana que es todo un ensayo, su ensayo sobre la relatividad de la verdad, y que inquiere ¿en dónde encontrar sentido? Es en la poesía donde sólo halló coherencia en medio de paranoias y una praxis esquizoide.
El primer poema de este libro reconstruye una familia en la memoria. El último, que no es el último que él escribiera, sino apenas el último de este libro, habla de una fugacidad y, lógicamente, habla de política: es decir, reconstruye la historia de la Isla desde el negativo de una fotografía de pasaporte. La familia, que es la ausencia de lo que permanece. La Isla, que es lo que permanece de todas nuestras ausencias, de cada una de nuestra agonías.
Desde algún punto en el vacío, Ángel Escobar nos mira.
Vacío. Suicidio. Insaciabilidad.
La idea de escapar.
Una mano se alza cada día para suicidios.
Y mata.
Friday, September 18, 2009
Esa insoportable levedad

"Gracias por las preguntas, decía Céline: ya no nos queda demasiada música dentro para hacer bailar la vida, pero llevémosle la contraria, nos queda dentro y la necesitamos fuera, música y comunismo. ¡Salud!"
Monday, September 14, 2009
El poeta en su calvario
No puedo escribir hoy de otro tema que de las tribulaciones por las que está pasando mi amigo, el poeta Luis Felipe Rojas allá en su pueblo de San Germán, en el oriente de Cuba. Monday, September 7, 2009
Un all stars de la pelota cubana
Dos glorias juntas: Luis Tiant y Minnie Miñoso. Corre mucho béisbol (y del bueno) por las venas de ambos.
Otro cubano legendario: Rafael Palmeiro, quien debió retirarse abruptamente tras un escándalo por uso de esteroides.Resulta que hace ya algún tiempo, viviendo aún en la Isla, leí el libro La gloria de Cuba, la historia del béisbol cubano escrito por el ensayista Roberto González Echevarría publicado primero en inglés y luego traducido y puesto en circulación por la Editorial Colibrí, de Madrid, en el 2004.
En uno de sus capítulos, González Echevarría se aventura a lanzar lo que él llama "un all stars de la pelota cubana", es decir, "el mejor equipo de pelota cubano de todos los tiempos, posición por posición", tomando como inevitables puntos de referencia la actuación en los torneos profesionales cubanos --anteriores a su erradicación por el actual régimen de La Habana-- y desde luego las Grandes Ligas. Sobre éstas últimas podrá alegarse que no siempre estuvieron abiertas a los mejores de todas las razas y nacionalidades, pero nadie discutirá que fueron y siguen siendo el más exigente escenario posible en el béisbol mundial, el verdadero medidor de la calidad de un pelotero.
González Echevarría sabe que se mete en terreno bastante polémico al intentar comparar los números de jugadores de diferentes épocas. Pero su intento vale el esfuerzo y quiero dejarles la lista, junto con una breve argumentación suya tomada del mencionado libro. Aquí les va:
Segunda base: Octavio Rojas, que jugó estelarmente 1449 juegos en esa posición en las Mayores, y ganó el campeonato de bateo de la última temporada de la Liga Cubana. Cuba ha dado grandes jugadores de la segunda, desde la época de Bienvenido “Pata Jorobá” Jiménez y Eusebio “Papo” González, hasta Félix Isasi, Andrés Telémaco y Tony Castaño en el período posrevolucionario. Tampoco hay que olvidar a Antonio “Tony” Taylor, que tuvo brillantes temporadas en esa posición en las Mayores y la Liga Cubana. Pero Rojas fue el de más sostenida excelencia en segunda y fue un bateador oportuno.
Tercera base: Atanasio “Tany” Pérez, aunque su inclusión aquí es un poco forzada, ya que jugó sobre todo primera en las Mayores. Pero Pérez jugó cinco temporadas como tercera del Cincinnati. Su rendimiento ofensivo de por vida lo hizo ser electo al Salón de la Fama. Héctor Rodríguez fue un atleta excepcional y acaparó varios records ofensivos en la Liga Cubana. Cuando jugaba en el Toronto en la Liga Internacional lo ponían hasta en el jardín central si era necesario. Lo vi jugar en la Liga Cubana y le partía a los toques de bola y sacaba en primera como el mejor de todos los tiempos, Brooks Robinson. Pero su rendimiento al bate como slugger no era el de un tercera base.
Short Stop: Silvio García, un superdotado, que además podía lanzar. Brilló donde quiera que jugó, pero por el color de su piel no pudo hacerlo en las Mayores. Dagoberto Campaneris tuvo brillantes temporadas con el Oakland de la Liga Americana y fue un all-around que en un partido jugó todas las posiciones. Fue, además, uno de los más grandes robadores de bases de todos los tiempos en las Mayores. Willy Miranda se conceptúa como uno de los mejores torpederos defensivos en la historia del béisbol, pero era un bateador muy débil. En un equipo con una ofensiva fuerte –como éste– Miranda podría ser el shortstop. Cuba ha sido muy fértil en la producción de shortstops desde la época de Luis “Anguila” Bustamante y Alfredo “Pájaro” Cabrera. Algunos piensan que el mejor fue Quilla Valdés, que nunca pasó a los profesionales, y en la época posrevolucionaria Rodolfo Puente, Germán Mesa y Rey Ordóñez, quien llegó a las Mayores y deslumbró a todos con su habilidad defensiva.
Jardineros: Orestes Miñoso, Tony Oliva y José Canseco. Cristóbal Torriente, Alejandro Oms, Santos Amaro y Champion Mesa fueron estelares, pero es muy difícil contra los récords de Miñoso, Oliva y Canseco en las Mayores. Miñoso fue estelar en todas las ligas importantes de su época. Lo único que se le podría achacar a Miñoso es que no tenía posición en la que fuera estelar defensivamente –en la Liga Cubana jugó segunda, tercera, y cuando maduró, exclusivamente los jardines, preferentemente el izquierdo. Tenía un brazo poderoso. Pero no hay cómo regatearle a Miñoso una de las posiciones titulares en un outfield cubano de todos los tiempos. Oliva ganó tres campeonatos de bateo en la Liga Americana, terminó con promedio de por vida de más de 300 y fue seleccionado para varios juegos de las estrellas (ganó también un “guante de oro” porque era un excelente jardinero derecho). Canseco tuvo la mejor temporada de un jugador cubano en la historia de las Mayores, con la excepción de la de 27 juegos ganados de Luque en 1923. En 1988 Canseco conectó 42 jonrones, robó 40 bases y terminó con promedio de 307, con 124 carreras impulsadas. Era un jugador completo, pero sus defectos de carácter lo hicieron desperdiciar la oportunidad que tuvo de llegar al Salón de la Fama –aunque los hay con récords inferiores a los de él allí. Dotado de fuerza, destreza y belleza físicas, Canseco tenía un talón de Aquiles que lo convirtió en una figura más tragicómica que trágica.
Receptor: Es la posición más débil. Lo mejor sería una combinación de Miguel Ángel González, por su defensiva, y Rafael Noble, por su ofensiva. En el béisbol norteamericano no hubo grandes receptores latinoamericanos hasta muy recientemente (de Manuel Sanguillén y Tony Peña a Iván Rodríguez) por una razón muy sencilla: el inglés. El receptor tiene que comunicarse con el lanzador y los demás jugadores del cuadro. Además, como pasaba en primera y tercera, los receptores cubanos y latinoamericanos solían ser demasiado livianos y frágiles, aunque los hubo livianos y recios, como Fermín Guerra. Guerra no pasó en las Mayores de cátcher suplente, pero en Cuba tuvo grandes temporadas y era un líder nato. Miguel Ángel tampoco fue estelar en las Mayores, aunque sí a la defensiva, y llegó a ser uno de los patriarcas del béisbol cubano. Pienso que por esa razón, y porque la habilidad defensiva es tan importante detrás del plato, Miguel Ángel González debía ser el receptor de este equipo.
¿Dónde poner a Martín Dihígo? La leyenda dice que era estelar en todas las posiciones, inclusive la de manager. Estoy dispuesto a creerlo, pero pienso que su mejor posición era la de lanzador –claro, un lanzador que podía ser también cuarto bate. Por eso lo pongo encabezando el elenco de lanzadores, que se completa así: José de la Caridad Méndez; Adolfo Luque, que ganó 193 juegos en las Grandes Ligas; Camilo Pascual, que tuvo 174 victorias en las Mayores, y ponchó a 2167 bateadores, y es en mi opinión el mejor lanzador cubano de todos los tiempos –de haber jugado para un equipo mejor que los Senadores (de Washington) se habría acercado a 300 juegos ganados–; Luis Tiant Jr., ganador de 229 juegos en las Mayores, con cuatro temporadas de 20 victorias o más, y abanicó a un total de 2416; Miguel Cuéllar, con cuatro temporadas de más de 20 ganados y un total de 185 victorias, uno de los mejores zurdos de su generación en las Mayores; Ramón Bragaña, ganó 48 juegos en la Liga Cubana y 211 en la Mexicana, a lo que habría que añadir sus victorias sobre equipos de Grandes Ligas en Cuba; Agapito Mayor, el combativo lanzador ganó 68 juegos en la Liga Cubana y 98 en la Mexicana, pero su mejor actuación puede haber sido en los Amateurs y torneos internacionales, aunque en la Serie del Caribe de 1949 (la primera) se alzó con tres victorias; Conrado Marrero, el mejor lanzador amateur, ganó 69 juegos en la Liga Cubana, 70 en la Liga Internacional de la Florida, y 39 en las Mayores lanzando para los Senadores de Washington; Pedro Ramos, ganó 66 juegos en la Liga Cubana, 16 en la última temporada del circuito, y 117 en la Liga Americana, donde también militó, sobre todo al principio, con los Senadores, aunque también con los Indios de Cleveland y, por último, como relevista notable con las Yankees de Nueva York.
Tomado de La gloria de Cuba. Historia del béisbol en la Isla, Editorial Colibrí, Madrid, 2004, pp. 41-47.
Wednesday, September 2, 2009
Mis dos orillas

sabor a sangre / humo en mi boca
cuando vengan a preguntarnos otra vez
a quién debemos la sobrevida.
Y diremos qué importa.
No temo huir
no me temo.
Temo perder el sabor de la fruta madura
de donde sacan el vino nacional.
A quién le debo yo mi podredumbre.
A qué nombre estoy sujeto.
Quién sopló en mi costado.
Quién me arrancó los ojos para dejarme mudo.
Tengo derecho a traicionarme.
Voy directo a la duda en dos mitades desiguales.
Esta noche estaré entre los acusados
saldré en la televisión como el vilipendiado de turno
me juzgarán serio
grave como arena negra.
Desnudo estaré cuando vuelvan a preguntarme
de dónde vienes.
Y diré: tengo una palabra aquí
una palabra / sola
dura de matar
una palabra / isla
dura de matar
una palabra / balazo en la cabeza.
La isla es un punto cardinal en esta fiesta.
A quién le debo yo mis dos orillas.
la sangre comienza a ser lodo
la raíz del hielo está creciendo como isla a la deriva
defunciones
si no siento que me llaman cómo les rompo la máquina de odios
los trenes de espuma y óleo surcan ahora el miedo a morir
vagas noches
se oye el aleteo de ave migratoria
he visto. fui feliz sin abstenerme sin evasiones. todo cuanto sufro no lo aprendí en esta vidamiseria. anduve. ando. vine de la muerte que es como gramo de polvo sobre el asfalto.
toda palabra escrita sea parte de mí
cualquier todo escrito: lina y su noche espléndida, raúl y sus toques en la puerta, josé mario y surcos de tierra en rodillas que sangran
quiénes frenan la rabia cobijada en el párpado y la raíz
vidamuerte. en esto que va a la deriva yo creí. ahora la casa de mi fe está cercada por lobos tumbada en la manigua. el sitio donde ahogar los cadáveres de mi guerra.
soñé una isla de amparo y desnudez. al despertar hallé el manicomio en sordina de otros cuerpos danzando.
los he visto. tú lo has dicho.
-----
he regresado de la guerra
he inyectado mi cabeza
Saturday, August 22, 2009
El pianista

Se graduó en la más exigente escuela de música del país. Era casi un adolescente todavía y ya se codeaba con los mejores, integraba grupos para acompañar a grandes cantantes y salir de gira al extranjero. Entonces descubrió el doble filo de la vida, el juego intenso, inacabable, entre verdad y mentira.
Pero lo suyo era la música, no esas tensiones ajenas usadas para regodeo de los resentidos. Su primer disco, enmarcado en el género jazz, fue una pequeña obra maestra. Eran los primeros años noventas. En medio de tanto desasosiego nacional, atrapados como estábamos todos en las incertidumbres del futuro y agobiados por las frustraciones del pasado, las pistas de su fonograma llamaron mucho la atención entre quienes pudieron escucharlo: era más que la reinterpretación de un legado, más que la revisitación o la relectura de lo más pertinente dentro de la anchurosa y aparentemente inabarcable historia del jazz.
No obstante, su talento corría el riesgo de ser opacado por los pesares de la vida en la Isla. No había nacido en La Habana. Era de una ciudad del oriente cubano y para instalarse en la capital, debió darle la cualidad de habitable a un frío cuartucho de tres por tres que apestaba a humedad y se inundaba si llegaban los nortes. Estaba en la azotea de un viejo edificio de Centro Habana y para subir hasta allá debía casi treparse por una escalera destartalada y sin baranda. Como un mal recuerdo guarda aquellos dolores en la columna, pues para poder tocar el piano vertical, debía sentarse en la cama. Así durante horas.
Y sin embargo se movía. Allí se armaban descargas que alcanzaron eco hasta en la prensa extranjera. Los socios músicos llegaban con sus instrumentos, subían contrabajo y drum y ya estaban ensayando y tocando.
Intentó ahorrar algún dinero con el objetivo de comprar alguna casa, pero entre los altos precios y la burocracia se encargaron de señalarle el camino del no retorno. Cuando se cansó de todo aquello, fijó residencia en Europa. Un exiliado más que debió comenzar a remar por su propia sobrevivencia sin traicionarse como artista, aunque en primeras instancias eligió mantener su ciudadanía cubana.Un mal día lo bajaron de un tren en la frontera entre Holanda y Alemania acusándolo de posible inmigrante. Y entonces comprendió que haber nacido en una pobre isla bañada por el Caribe tenía sus arcanos. Hoy exhibe con orgullo su pasaporte de la Unión Europea y gracias a ello ha viajado por medio mundo haciendo lo que mejor sabe hacer: tocar el piano como los grandes de todos los tiempos.
Sunday, August 16, 2009
Vivir como cubanos

"Vivir como los cubanos no es sólo escasez o incomodidad o ansiedad de un futuro prometido que, como el horizonte, es siempre inalcanzable; es también claustrofobia, hastío, resignación porque el destino no está en nuestras manos, nada podemos hacer con la propia sabiduría, tenacidad y esfuerzo para mejorarlo. Vivir como los cubanos es alcanzar el triste consuelo de que sólo fuerzas superiores cambiarán nuestro hado: una iluminación repentina de los dioses locales o la benevolencia, igualmente repentina, del enemigo, causante oficial de todos los males del universo durante medio siglo. Vivir como los cubanos es oír hablar de la cultura a los mismos que redactan el index de los libros prohibidos; escuchar que somos el pueblo mejor informado gracias a un puñado de diarios clónicos, aunque no dispongamos de Internet ni de medios alternativos; que somos tan saludables que podemos prescindir de médicos y medicamentos, exportados a pueblos enfermos, porque aquí los únicos que mueren poco a poco son los hospitales; que nos califiquen como un pueblo rebelde quienes nos educan en la obediencia; que nos llamen valientes los mismos que premian la cobardía, y que alaben nuestra pobreza digna sus causantes. Vivir como los cubanos es oír hablar noche y día del futuro mientras nadamos contra la corriente para mantenernos en el presente, para no ser arrastrados hacia el pasado; ser apedreados por las palabras sacrificio, estoicidad, esfuerzo, frugalidad y abnegación por señores que después recogen las palabras, porque son multiusos como una cuchilla suiza, montan en sus autos climatizados y comentan con sus esposas y amantes en las mansiones de Miramar que no hay un pueblo como éste, tan feliz en las lapidaciones. Vivir como los cubanos es vivir en una de esas esferas de cristal que se colocan sobre la repisa de la chimenea, y donde llueven discursos si las agitas. Miramos hacia afuera, pero el cristal sólo nos permite ver sombras. Según algunos, más allá del cristal, el mundo se despeña hacia el cataclismo. Según otros, más allá florece una primavera eterna y en colores. Quienes regresan de visita a la esfera traen noticias contradictorias de un mundo con cuatro estaciones.
Foto: Agencia EFE
Saturday, August 8, 2009
Parábola del ave

Nadie se extrañe de que haya escrito la palabra “normalmente”. Sabido es que con la dictadura cubana, lo normal es lo anormal. Es normal la anormalidad de que en Cuba pisoteen nuestros derechos y nos dejemos pisotear. Sobre todo cuando comprobamos la cantidad de veces al año que se repite, pero a la inversa, la historia del balserito aquel de Cárdenas que conmovió a medio mundo.
En medio de la conversación surge el tema de que por nada del mundo ellos van a integrarse a alguna organización que intervenga a su favor con el objetivo de denunciar el caso. “Eso sólo demoraría el viaje o lo impediría”, dicen.
Sé que no les falta razón en el sentido de que el gobierno cubano es así de revanchista y represor, y suele valerse del chantaje para castigar a quienes escapan de esa inmensa prisión en que han convertido la antiguamente próspera Isla. Por eso se comportan a veces como si premiaran “la buena conducta” de aquellos emigrantes que no reclaman sus derechos en espera de que algún funcionario investido de poderes terrenales que se asumen como celestiales baje el dedo o estampe una firma.
Los cubanos son rehenes dentro de su propio país, secuestrados en sus más mínimas opciones de movimiento, obligados a certificar que no son culpables de delito alguno para ganarse la aprobación policial de sus actos diarios. Igualmente triste es que viviendo ya en el extranjero, tengamos que comportarnos como tal y seamos rehenes también de los consulados cubanos que, cual prolongación de las oficinas del Ministerio del Interior, extienden por doquier las negativas de entrada al país.
Al margen de lo político, los cubanos tenemos que aprender a defender nuestros derechos civiles y a entender que en el mosaico de lo social es completamente lícito separar la lucha por el respeto de esos derechos mancillados desde hace medio siglo en Cuba de una filiación a una organización o un partido político determinado. Máxime si ya vivimos en un país que ha hecho de esos derechos y libertades su principal estandarte universal, llámese Estados Unidos o Francia.
Puede que no sea sencillo entenderlo cuando se vive dentro de una prisión. Pero “desaprenderlo” en libertad me recuerda aquella parábola del ave: llevaba tanto tiempo encerrada en su jaula que un día, cuando le abrieron la puerta, temblaba como una hoja.
Sunday, July 26, 2009
Del silencio como argumento (temporal)
Hay argumentos que mi pequeña hija no puede entender aún. Es obvio que hay razones que sólo el tiempo conseguirá colocar dentro de un ser que apenas tiene siete años de vida.
El miércoles pasado, día 22 de julio, fue su cumpleaños. Mi hija y yo bajamos la -a esa hora-desolada escalera del complejo de apartamentos donde vivimos y pusimos rumbo a la casa donde la cuidan. Hicimos el trayecto en silencio, yo escuchando un poco de música country en la radio del auto, mi hija mirando por la ventana todo cuanto pudiera atrapar con sus ojos.
Eran cerca de las nueve de la mañana, el tráfico no era tan asfixiante. En algún lugar había leído que Houston ocupa el cuarto puesto entre las ciudades con peor tráfico en Estados Unidos. Bueno, hace apenas un año y cuatro meses yo pedaleaba una bicicleta que casi valía su peso en oro, allá, en aquel país, ustedes saben dónde.
Es probable que mi hija no recuerde aquella bicicleta, en la que instalamos una pequeña silla de madera para que ella se sentara. O tal vez la recuerda, pero no la considera un elemento de importancia y poco a poco la irá borrando de su memoria.
De lo que no le he hablado todavía es de los múltiples tropiezos que debió sufrir su padre por el simple hecho de no compartir las ideas políticas de los militares que han secuestrado durante medio siglo el país donde nació. Que fui silenciado como escritor y periodista y prácticamente fui expulsado del centro de trabajo por órdenes directas de la Seguridad del Estado y los funcionarios del partido único, que vienen a ser lo mismo con diferentes uniformes.
No le he contado del acoso de la policía (no tan) secreta hacia todos aquellos que creemos en la democracia, el pluralismo y la libertad de expresión, y que queremos para Cuba y los cubanos los mismos derechos que nos amparan en las naciones extranjeras que nos han abierto los brazos para establecernos dentro de sus fronteras, con todos los rigores que eso implica.Todavía hay muchos argumentos que no he podido explicarle a mi hija. Quizás paulatinamente aprenda a descifrar los silencios de su padre cuando toma su mano para conducirla a un refugio de paz, lejos por suerte de la inmensa prisión en la que han convertido la tierra a la que hoy desea retornar.
Thursday, July 16, 2009
Cuarentones

La generación nacida en los sesenta cumplió, o está por cumplir, cuarenta años. En Cuba, esas cuatro décadas han definido circunstancias muy diferentes a las del resto del mundo para la fuerza técnica calificada. Los cuarentones de hoy se espantan al mirar atrás y recordar con qué promesas comenzaron su vida, y tienen terror de comparar lo que esperaron tener con lo que tienen. Diríase que han sido cuatro décadas en que la opción individual de cientos de miles ha sido una carrera desatinada hacia ninguna parte, azuzados por himnos y consignas que cada vez suenan más cascados, más obsoletos.
Saturday, July 4, 2009
Un bosque húmedo después de la tormenta

Los poemas de Delfín Prats que me envía un amigo desde México me han sacado de estas cavilaciones. Desde que abrí esta bitácora tenía deseos de dedicarle unas líneas a la obra de este poeta cubano, amigo, ex compañero de trabajo, maltratado por la política, golpeado por la vida.
Delfín había comenzado a trabajar en el Centro Provincial del Libro de Holguín hace dos o tres años con la esperanza de completar pronto el tiempo necesario para asegurarse algún retiro. Muy a pesar suyo, me consta. Pero como en la vida nada le ha resultado sencillo al poeta de El esplendor y el caos, en Cuba las leyes laborales han sido modificadas y ahora Delfín deberá esperar cinco largos años más para retirarse.
Entre los escasos libros de poesía que pude traer de Cuba está un impreso (mirado con gran curiosidad por los agentes de Aduana, que finalmente lo dejaron pasar sospecho que sin entender nada) con los trece textos de Lenguaje de mudos, aquel libro vetado, convertido en pulpa y desaparecido de la superficie terrestre, que un amigo me convida a releer.
Al poeta quisieron callarle la voz para siempre. Quisieron que también él se comiera sus papeles, que tragara sus versos y luego sudara consignas de hombre nuevo y futuro pluscuamperfecto. Era como purgar las palabras que contenían el pasado. Quisieron que aprendiera la lección de los nuevos tiempos. Y si no, pues que se muriera. El mañana no pertenece a los flojos. Los flojos no tienen mañana. Para los flojos no amanece nunca.
En un país sin agua, ¿qué hacer con la sed?, se preguntaba Michaux. Donde prescriben el silencio no valen palabras. Te lo quitan todo. Pierdes tu condición civil, tu carta de ciudadanía. Nada puede contra tanto vacío acusatorio en la mirada de los otros.
Y entonces el poeta calló. Vendió sus libros. Permutó su casa. Perdió amigos y, como de paso, algunos dientes. Adelgazó. Trabajó en cualquier cosa. Le nació una incipiente calvicie. Cambió sus papeles por bolsitas de té que mal complementan los esporádicos paquetes enviados por algún amigo en el extranjero. A veces el poeta recuerda esos graciosos trabalenguas que le escuchó algunas veces a Reinaldo Arenas, como aquel que habla de “una vida vana que vació su vanidad lejos de un bar en Varna”, y alguna que otra anécdota de una existencia demasiado en los bordes. A veces también vienen a su mente algunos versos suyos, y de otros, Esenin, por ejemplo, aquellas lecturas, aquellos años en la vieja Unión Soviética, aquellos templos majestuosos y los hombres avanzando de rodillas hasta los iconos. A veces habla de eso. Y a veces recuerda la noche habanera. A veces.
Ya no hace falta romper la noche con un tremendo aullido, escribió Delfín. La poesía, qué animal extraño en un país de ajenidades. El poema suele esquivar a quienes pierden la fe y de él huyen. En tanto logos jamás neutro, la poesía también se nutre del silencio ajeno con una voracidad caníbal.
Hoy, día 4 de julio, recuerdo a Delfín y me reencuentro con algunos de sus poemas. Como este, que casi me sé de memoria por las tantas veces que lo leí.
HUMANIDAD
Hay un lugar llamado humanidad
un bosque húmedo después de la tormenta
donde abandona el sol los ruidosos colores del combate
una fuente un arroyo una mañana abierta desde el pueblo
que va al campo montada en un borrico
hay un amor distinto un rostro que nos mira de cerca
pregunta por la época nueva de la siembra
e inventa una estación distinta para el canto
una necesidad de hacer todas las cosas nuevamente
hasta las más sencillas
lavarse en las mañanas mecer al niño cuando llora
o clavetear la caja del abuelo
sonreír cuando alguien nos pregunta
el porqué de la pobreza del verano y sin hablar
marchar al bosque por leña para avivar el fuego
Saturday, June 27, 2009
Dios y mortal
Que los dioses son mortales ya lo sabíamos. Que algunos se hacen los muertos (y a veces los vivos), también. Pero lo que no llegué a imaginar es que Michael Jackson todavía viviera.Sunday, June 21, 2009
La expo de Norberto
Sunday, June 14, 2009
The Beer Can House
Thursday, June 11, 2009
Nutria en el Hermann Park de Houston, Texas
Y nos encontramos este animalito en el Hermann Park, con lo cual hago el estreno oficial de videos en este blog. La chica en la bicicleta es Alicia, o sea, mi hija, que al estar ya de vacaciones me obliga a estos tours.
Tuesday, June 9, 2009
Yo me llamaba Oriol Puertas

Yo escribía desde Cuba, específicamente desde Holguín, y la decisión para enmascararme bajo un sobrenombre llegó tras numerosas represalias por haber publicado algunos trabajos de temas literarios con mi verdadero nombre en la revista Encuentro de la Cultura Cubana y su diario en internet. Eso en La Habana era y es un pecado de lesa política, peor que un tumor maligno en el cerebro del sistema. Imagínense en una provincia del devastado oriente cubano donde yo vivía.
Encuentro en la Red me hizo volver al periodismo, sobre todo al de opinión, después de estar un buen tiempo alejado de la profesión que escogí estudiar. Tras haberme graduado en Santiago de Cuba, trabajé como reportero en el semanario ¡Ahora! durante los dos años del denominado Servicio social.
Concluido ese tiempo, me harté y acabé como editor de literatura durante unos cuantos años en el Centro del Libro, aunque mantuve siempre algunas secciones de música y literatura en la radio y colaboré con numerosas revistas y publicaciones de todo pelaje dentro de la Isla.
El injusto encarcelamiento de 75 opositores, activistas y periodistas independientes en la “primavera negra” de marzo de 2003 fue como un mazazo para todos los que ya no tolerábamos tanta represión y censura. Comencé a colaborar con Encuentro en agosto de ese año, sólo que para poder hacerlo y llevar adelante una labor de denuncia de las múltiples violaciones de los derechos humanos que se cometían debía enmascararme bajo un nombre falso y proteger de paso a la persona que me facilitaba el acceso al correo electrónico.
En realidad el grueso de los trabajos salió bajo el seudónimo de Oriol Puertas, aunque no fue el único que utilicé. También usé los de Luis Alberto Alba, para trabajos que tenían como tema central la literatura y los libros; y Yanet Maldonado, autora de una entrevista al valiente sacerdote cubano Olbier Hernández Carbonell, actualmente radicado en España, que tanta colaboración nos prestó para materializar el proyecto de la revista Bifronte.
Conmigo trabajaron enviando sus propios trabajos cuatro personas más, de las cuales sólo puedo revelar hoy el nombre de Luis Felipe Rojas (bajo el seudónimo de Jairo Ríos), quien todavía (sobre)vive en el batey de San Germán, en Holguín, desde allí sigue publicando en Encuentro –donde por cierto acaba de estrenar blog– y ha desarrollado una extraordinaria labor como periodista independiente, ya sin tener que usar los fastidiosos, aunque en su momento salvadores, seudónimos.
Nos reuníamos todas las semanas en cualquier lugar de la ciudad de Holguín para “conspirar” un poco, acompañados siempre por una botella del ron que apareciera. Éramos un grupo que en algún momento llegó a ser identificado extrafronteras un poco en broma como “Oriol Press”.
Wednesday, June 3, 2009
El affaire Kundera y medio siglo de chivatería “revolucionaria”
La denuncia, como siempre supimos, fue realizada por un joven estudiante de periodismo que compartía litera con nosotros, reclutado por los “segurosos” presumo que con el objetivo de conocer el estado de opinión de los estudiantes en torno a esos hechos.
Recuerdo que estábamos varios estudiantes en el saloncito del televisor, allá en el cuatro piso del edificio F en la beca de Quintero, cuando en el noticiero de televisión leyeron la nota oficial sobre los sucesos. Allí mismo cruzamos opiniones –jóvenes todos, ingenuos como éramos, encandilados con la posibilidad de desmontar, ya que lo estudiábamos y comenzábamos a conocerlo por dentro, un aparato propagandístico que acabaría engulléndonos a la mayoría poco tiempo después– y como sucede muchas veces en Cuba, casi ninguno de los presentes mostró aprobación. Recuerdo que alegamos lo innecesario de tensar aún más el clima político entre Estados Unidos y la Isla, y que un acto como aquel sólo traería mayores conflictos para un país que se ahogaba en medio de la crisis de los años 90, ya saben, el “período especial” traducido en apagones, hambre, epidemia de neuritis, falta de transporte, precios por las nubes, persecuciones de todo tipo a toda hora, periodiquitos de cuatro pardas páginas, balseros interceptados en alta mar o muertos en el intento. Esas pequeñeces.
Días después, uno de nuestros compañeros descubrió el pedazo de papel en el que se informaba de los criterios vertidos aquel día. Allí estaban nuestros nombres y apellidos, y por supuesto nuestras opiniones. ¿Qué se suponía que debíamos hacerle al tipejo entonces? ¿Entrarle a golpes y hacerle tragar el papelucho? ¿O mejor lanzarlo desde la azotea? Pues bien, lo curioso es que no hicimos nada, a lo sumo alguien reclamó, algo así como “Pero mira a este cabrón lo que tiene aquí, ya saben, caballeros, hay que cuidarse del socito este”, pero nada más. No recuerdo ninguna bronca por el hecho ni que hayamos dejado de tratar al denunciante. Nos paralizaba el miedo, la congelación de los sentidos, la comprensión de en qué sociedad vivíamos, pero también la certeza de que ese era nuestro modo de pensar y debíamos ser capaces de defenderlo ante quién fuera.
He recordado este hecho mientras leía el ensayo publicado en español en el blog Penúltimos días bajo el título “El dilema Kundera”, de Jana Prikryl, que también pueden leer en su original en inglés. El novelista checo fue acusado en una revista de haber denunciado en los años cincuenta a un joven de 22 años que supuestamente había espiado para Occidente. Como resultado de su denuncia, el joven pasó catorce años en la cárcel. No es sencillo juzgar hechos que ocurrieron hace más de medio siglo. A lo sumo, como alega Vaclav Havel, debemos “intentar verlo a través del prisma de su propio tiempo”. Pero acaso la arista más importante del affaire estriba en aprender a discernir la naturaleza calculadora y fría de estos regímenes totalitarios, capaces de transformar a los seres humanos exacerbando la infamia que anida en nosotros, nuestros egoísmos, nuestras bajezas.
Los estados policiales, como fue Checoslovaquia más o menos hasta 1989 y como sigue siendo Cuba todavía, nos ponen con frecuencia ante actos similares, en los que los límites de la solidaridad, la ética y la moralidad humanos parecen contraerse hasta la mueca.
En todo caso, difícilmente Kundera pueda ser culpable de algo a estas alturas, aunque ello no quita su responsabilidad ante el esclarecimiento de los hechos, es decir, ante la verdad, como bien escribe Prikryl.
Cada cubano parece tener una historia similar a esta para engordar los anales de la chivatería “revolucionaria”, con el agravante de que no pocos murieron o han debido purgar años de prisión o pérdida de sus trabajos o expulsión de la universidad o separación de la familia y ese largo y punzante etcétera en que los Castro nos convirtieron la vida. Un hipotético escenario futuro de la Cuba en democracia no aminorará esos rencores, lo sé. Por el contrario, avivaría los deseos de ajustar cuentas con el pasado de cada uno de nosotros. Y entonces sabremos cuánto maduramos como pueblo bajo medio siglo de tortura política.
Sunday, May 31, 2009
Esperanza Spalding en Houston
Thursday, May 28, 2009
Reverso de postal

Había conocido a Amaia de una manera curiosa: gracias al fútbol. Resulta que un amigo recibía revistas españolas como Don Balón donde aparecían muchas direcciones de gente que declaraban sus pasiones deportivas desde cualquier parte del mundo y proponían los intercambios de los materiales más insólitos relacionados con sus equipos favoritos, la mayoría de ellos de la Liga Española. Amaia vivía en San Sebastián, Guipúzcoa --cómo olvidarlo si durante mucho tiempo fueron las únicas cartas que yo escribía-- y era fan del Athletic de Bilbao; yo vivía en Holguín, Cuba, y tenía algunas noticias de que existía el Real Madrid.
Fue a principios de los años noventas, esa década tan dura para los cubanos. Mi amigo se carteaba con aficionados al fútbol de medio mundo y solía recibir camisetas de varios equipos, gorras, algunas revistas, pósters y hasta bufandas. Yo no deseaba tanto lo material, o bueno sí, libros, siempre libros, pero tampoco estaba de más explorar aquel universo negado a todos aquellos que habíamos tenido la desdicha de venir al mundo en una isla varada en el despotismo más ramplón. En una de esas revistas vi la dirección de Amaia, que resultó ser estudiante de periodismo como yo, y comenzamos el intercambio epistolar, que poco a poco derivó hacia la literatura.
El tiempo y las complicaciones de la vida posterior se encargaron de alargar cada vez más el espacio entre una carta y otra, hasta que un día no llegaron más aquellos sobres amarillos (que tantas sospechas despertaban en el barrio pues ese era el color de los sobres que recibían los ganadores de la lotería de visas para Estados Unidos) ni libros ni revistas literarias ni fotos. Mi nexo con el mundo se quebró. Amaia dejó España, se fue a la fría Dublín y entonces me llegaron sus postales con fotos de estatuas de James Joyce, tabernas irlandesas y rutas del Bloomsday.
Ahora sé que mi temprana inclinación por la literatura tuvo en ella a una gran aliada, aunque Amaia quizás no lo sospechaba. Tiempo después, tras muchos meses sin tener noticias suyas, me la encontré en Facebook y le prometí este post, al que quiero agregar un poema escrito en Cuba por los años 2004 ó 2005 y que no había publicado hasta ahora.
desde dublín amaia rubio envía postales libros botellas de bourbon figuras en papel que desdibujan sangran pero aduanas no cede no entiende de cercos
cómo hago para no sentarme a escribir materias sino posar para estas fotos
las postales de dublín se llamará la novela de su vida pero mejor es vagar por surcos por jirones de piel por huellas de ociosos y semejantes a náufragos abrir una vena hacia el océano como si flotaran mensajes o de una tabla húmeda brotaran volvieran los muertos que tragó el noventicuatro los lanzallamas orfebres de rojerías
aquellos graffittis sobre el agua decían no y levedades
cuán sabio el mar de irlanda la montaña rusa esos montes bajo funiculares pero la sed subiendo el traje a rayas cables como respiraderos tubos la canción de jobim caligrafía panero yo no lo esperaba
yo no esperaba el trago amargo de un reverso de postal
herida de españa yo me invento río de sombra marginados
Wednesday, May 20, 2009
Un regreso (a medias)

No podía faltarme. De pollo, vaca, cerdo, pescado, o lo que fuera, pero carne, ¡carne! Y debía estar en mi plato no dos o tres o cuatro veces a la semana, sino a diario. Cuando no ocurría así me emberrinchaba: pataleaba, lloraba, me negaba a comer otra cosa.
Mi madre me criaba ella sola. Era maestra y no ganaba un salario tan alto, pero en aquellos buenos tiempos –en los años ochenta del pasado siglo, el campo socialista europeo apoyando nuestra economía– más o menos le alcanzaba para sostener mi carnívora conducta.
Según mis tíos, según los vecinos más cercanos a mi hogar, se trataba de puro capricho, otro en una larga lista de caprichos (daba perreta para que me compraran un juguete nuevo, zapatos, ropa o lo que se me ocurriera), y ella tenía que poner mano fuerte, no ceder.
Sin embargo, pidiera lo que pidiera, sin hacerles caso, me complacía. Padeció una infancia de mucho trabajo físico y privaciones, y pudiera ser que en respuesta a eso hubiera desarrollado cierta predisposición sicológica a no limitar mis deseos, para que yo (su único hijo) no experimentara las penurias que estropearon sus años infantiles.
En lo referido a mi alimentación, era considerable su desvelo. Además de carne, en mi casa abundaban viandas, vegetales, frutas, dulces, caramelos, refrescos, batidos, helados y cuanto producto pudiera nutrir a una criaturita "necesitada" como yo (una criaturita conocida en su escuela como El gordo, El buchú, El Cara de Globo, o mediante otros tantos apodos, invariablemente referidos a mi sobrepeso).
Ahora bien, por más que todas esas otras cosas me gustaran, la ausencia que bajo ninguna circunstancia yo toleraba era –insisto– la ausencia de la carne. De pollo, vaca, cerdo, pescado, o lo que fuera, pero carne, ¡carne!
Si comíamos en la mesa, que estaba en la cocina, se echaba en una fuente de cristal toda la que se había preparado en esa ocasión. La servía mi madre. A veces, de modo accidental, caían gotas de salsa o de grasa en el mantel de hule; a modo de juego, solía ponerles un dedo encima.
Pero la distracción apenas demoraba y enseguida me concentraba en lo fundamental: devoraba pedazo tras pedazo, y en la mayor parte de las ocasiones no me detenía hasta que dejaba la fuente vacía por completo.
Si comíamos en la sala, para ver algún programa de televisión que estuvieran dando, mi madre me servía todo en un solo plato que yo, sentado en el sofá, apoyaba sobre las piernas. Cuando algo se me terminaba, enseguida preguntaba: ¿quieres más? Por lo general, quería más, sobre todo, como es fácil de imaginar, mi alimento preferido.
En una ocasión, tras reclamar yo esta "segunda vuelta", mi madre dijo que lamentablemente no había más carne. “No pude cocinar bastante, la que traen a la bodega se acabó y por ahí se ha perdido en estos días, quizás mañana se consiga ya y puedas desquitarte”, me explicó, sonriendo, tratando de hacerme ver el asunto de la mejor manera.
Pero a mí tal explicación no me convencía o, mejor, no me complacía, así que empleando voz angustiada le rogué que se fijara de nuevo en el sartén, a ver si quedaba algo. A ella se le aguó la mirada y dijo que no me preocupara, que enseguida revisaría y quizás yo tuviera razón.
Sin que lo notara, la seguí hasta la cocina. Quería comprobarlo todo con mis propios ojos. La vi hurgar en el sartén, donde se distinguían unos restos de salsa nada más. Desconsolado, sin esperanzas, volví al sofá. Sin embargo, cuando mi madre regresó colocó ante mí una porción de carne. Una porción bastante modesta, no se podía negar, pero que sin dudas satisfaría mi voracidad de ese momento.
Aunque permanecía concentrado con mi plato, algo hizo que de pronto me fijara en el plato de mi madre. En contraste conmigo, ella apenas tenía apetito. Su dieta eran unas cucharadas de esto, unas cucharadas de lo otro, y, literalmente, un pedacito de carne. Pedacito que, por cierto, no se distinguía aquella vez.
Le pregunté dónde estaba y me dijo que hacía mucho rato se lo había comido. No era así. Instantes atrás, cuando ella iba hacia la cocina, yo lo había visto en su plato. No investigué más. Lo vi todo claro. ¡Mi carne, la segunda porción que me había traído, era su carne!
No logré probar una cucharada más. ¿Cómo iba a hacerlo? Me puse a pensar. ¿Cuántas veces habría sucedido lo mismo, cuántas veces ella se habría quitado sus alimentos para dármelos todos a mí, sin que yo –enceguecido por mi voracidad egoísta, inhumana– me fijara?
Mi madre se extrañó al ver lo ensimismado que estaba, y sin el incontenible apetito que anteriormente había demostrado. “¿Qué pasa, qué pasa?”, quiso saber y yo, como respuesta, luego de poner mi plato encima del sofá, me le abracé al cuello. “¿Qué pasa, qué pasa, qué está pasando?”, preguntaba, y yo no podía decirle nada, solo me le apretaba más y más y sentía que empezaban a salírseme las lágrimas.
Monday, April 27, 2009
Drive (an Experimental Dance Film)
Thursday, April 23, 2009
Cuaderno de bitácora II


También hay una casa de madera. Una casa que se estremecía cuando se aproximaban las casillas de los trenes de carga, casi siempre abono, piedras, caña y también aquella oscura miel llamadas “de purga”, cuyo olor dulzón atravesaba las ventanas y rendijas de la casa y se nos colaba en cada rincón de la sala, los cuartos y la cocina.
Por allí pasaban trenes de pasajeros con dos destinos: Holguín y Santiago de Cuba. No más. Venían desde (o iban hasta) Antilla, antiguo puerto de mar, hermoso pueblo muy venido a menos, como todos –y todo– en Cuba, al que jamás visité de niño sino ya bastante tarde, durante esas turbulencias de juventud que obligan muchas veces a desandar lo andado.
Un escritor cubano, desde Dominicana, dedica su blog a esas extrañas remembranzas cubanas salidas de los pueblos con ferrocarril. Leyendo sus textos, ahora que reparo en ellos, descubro que mi relación con aquellos viejos trenes, teniéndolos tan cerca, nunca fue de tanta proximidad. No llego a evocarlos como presencias constantes en mi memoria. Más bien son antiguos fantasmas de un paraíso perdido, a cuyas ruinas quién sabe si volveré algún día.
Fotos: A. Mantilla en Panoramio
Wednesday, April 22, 2009
Otro capítulo, la misma novela

Pero esto ya lo podíamos intuir. No sé muy bien por qué, debe ser que la historia, o sea, el pasado, ese que el presidente norteamericano llama a rehuir, tiene su peso en la toma de decisiones políticas y no es tan fácil dar un paso al costado cuando se han contraído tantas deudas con la humanidad.
Estamos de nuevo en los inicios. La potencia invita, tiende un ramo de olivo, tiene la intención de dialogar. Como si se pudiera obviar que no hay posibilidad alguna de diálogo con dictadores. Otra vez el pasado. Otro capítulo de una misma novela.
La supuesta víctima sólo quiere ganar un poco de tiempo.
Monday, April 20, 2009
Esperando la verde

Ayer en la noche, después de una jornada más de ocho horas de trabajo, emprendí soñoliento el rutinario camino hacia la casa. Una vez más el tráfico azotaba las anchas calles de Houston y el espacio entre mi carro y los demás se fue reduciendo hasta parecer que viajábamos en una “guagua” cubana, donde el aire solo se respira dos veces: antes de entrar y a la salida. En ese momento estático, sin comprender la razón de tanta lentitud agobiante, salgo del carro para mirar al horizonte mecánico adelante e intentar descifrar el por qué de la situación. Asombrado veo, casi a dos cuadras, un semáforo que parece haber perdido la noción del tiempo y está dormido en la luz roja, en un sueño algo profundo.
Sin saber qué hacer o a quién llamar para que me saque (aunque sea volando) de esta situación absurda, me senté derrotado en mi asiento, mirando con envidia como por la otra senda los carros llevaban a una velocidad increíble a esos hombres, que como yo, querían llegar a casa. Ahí fue que lo entendí todo, el odio al color rojo me hizo remontarme a mi Cuba y darme cuenta que había estado en este estancamiento antes; quizás no con carros, pero sí con personas.
Recordé cómo soñaba tanto en mi Isla que ese cambio de luz llegara, cómo en silencio todos esperábamos que el color verde nos liberara de esa dictadura roja que nos detuvo en el tiempo, sin darnos el chance siquiera de elegir nuestro destino. Mirando la desesperación en los carros vecinos comprendí que era exactamente lo mismo que en Cuba, quizás con la diferencia de que este tranque duraría unos minutos, quizás unas horas…, pero el de mi Isla lleva ya cincuenta años.
Al pasar media hora y no haber avanzado ni medio metro, decidí apagar el motor del carro, resignado a pasar la noche en esta situación extenuante; recordé como en la Isla muchos decidieron también apagar sus motores y no protestar contra la injusticia, resignados a pasar el resto de su vidas viviendo la dictadura asesina y cruel. Al pasar unas dos horas en el mismo lugar, mire hacia afuera buscando refugio en algún indicio de movilidad, pero nada, solo vi como algunos abandonaban sus carros para ir yo no sé adónde, pero lejos, lejos de tanta obstinación; recordé cómo en la Isla mis hermanos abandonaban también sus casas, sus familias, sus amores, sus amigos, sus historias, para lanzarse a ese mar travieso con la esperanza de llegar a otras calles donde pudieran vivir en tiempo, sin estancarse en el olvido.
Como a las tres horas de estar en medio de la nada, esperando un milagro del cielo o que alguien tuviera la valentía de derribar ese semáforo opresor a martillazos, llego la policía y comenzó a solucionarlo todo. Me sentí afortunado, recordé que en mi Isla nadie vino a ayudarnos, recordé como el estanco al que estábamos sometidos, ese de la mente y el alma, era solo un problema nuestro y ninguna autoridad vial vendría a solucionarlo; en mi Isla quizás los martillazos hubieran sido la mejor opción, quien sabe.
Un oficial dirigía el tráfico, mis esperanzas y también mi alegría. Así fue como, al pasar junto a él, me quedé observando unos segundos al semáforo déspota que aún pregonaba arrogante esa luz roja que todos odiábamos. Me remonté una vez más a mi Isla y sentí el mismo odio (multiplicado por cincuenta años) por ese tirano cruel que nos robó la gasolina de nuestras vidas y nos obligó a vivir estancados en esas calles de represión hechas a su antojo.
Al llegar a casa y recordar el incidente me sentí agradecido a pesar de todo, lloré recordando a mi familia, esa que aún sufre ese estancamiento moral que sufren todos los cubanos que todavía viven en esa prisión gigante. No pude hacer más nada, sólo sentarme una vez más en la silla de mi automóvil, con las ventanas bajadas, esperando que la inspiración me hiciera el favor de escribir algo para poder impregnar aquel momento para siempre en mi memoria… Y esto fue lo que escribí:
yo solía a ti esperarte, para bien o para mal.
Como esperando la verde, con esas ganas de todo,
fue que fui ganando miedo, perdiéndote de algún modo.
Como esperando la verde, pendiente del cambio urgente,
tantos sueños se lanzaron hacia el mar, junto a mi gente.
Como esperando la verde, con más rojo que amarillo,
comprendimos que callarnos siempre sería más sencillo.
Como esperando la verde, mirando por los espejos,
viendo cómo esas promesas cada vez se iban más lejos.
Como esperando la verde, con ansias, llenando el tanque,
nos prohibieron con fusiles que nuestro carrito arranque.
Como esperando la verde yo me paso cada día,
amando a mi tierra hermosa, odiando a su tiranía.
Como esperando la verde, con esperanza segura,
violo las leyes viales que impuso la dictadura.
Foto: Archivo gráfico CEH
Monday, April 13, 2009
Cosas veredes

Lo que parecen olvidar los nuevos gobernantes norteamericanos son las razones por las que esas restricciones fueron impuestas y lo poco que ha cambiado el escenario desde la llamada “primavera negra” del 2003 a hoy. Obama juega a dar continuos golpes de efecto para desligarse de políticas anteriores, con el agregado esperanzador de que los tiempos han cambiado tanto que inducen a creer que forzosamente Cuba también moverá ficha. Sólo que en el folder de los asuntos pendientes, el régimen cubano sigue quedando a deber en materia de libertades y respeto a los derechos individuales.
La siempre latente frivolidad política de Estados Unidos en relación con Cuba ha sido el gas primero de la dictadura cubana en cincuenta años. Pero hay que reconocer que hasta ahora, esa bobería norteña no ha logrado imponer, por ejemplo, su peregrino deseo de levantar el embargo a la Isla, argumentando que turistas y productos de primer mundo –fabricados en China, ya sabemos–, taladrarán el muro de acero erigido por los Castro contra los cubanos.
Pues bien, el fin de ese embargo parece estar cerca. Ese ambiente frívolo, el mismo que puso al advenedizo Obama en la Casa Blanca y que mandó a La Habana a los congresistas del Black Caucus para que se comportaran cual turistas de revoluciones, sigue tan vivo como las prácticas de tortura en la Isla contra los prisioneros de conciencia y los insistentes ninguneos de muchos políticos europeos y norteamericanos en relación con los luchadores por la democracia dentro de Cuba.
¿Qué nos faltaría por ver? Faltaría por ver, claro, qué capítulo sigue a éste. Por ejemplo, cuáles serán las presiones de la administración estadounidense sobre el gobierno cubano para conseguir la ansiada democratización de la Isla. Pero visto lo visto, sospecho que seguiremos esperando algo que todavía va a demorar un poco más en llegar.
En Naü-haus Art Space
Thursday, April 9, 2009
Cuaderno de bitácora I

Entonces el olor trazó su norte. Mi tía hizo su viaje de regreso y nos quedamos todos a la espera de algo. Un algo que estalló en 1980, cuando el teléfono sonó y nos fueron a buscar a una playa lejos de la ciudad, donde mi familia veraneaba. Cuando en Cuba todavía un simple obrero de una imprenta podía irse a veranear tres o cuatro días con su familia.
El año 1980 fue una cicatriz para mi familia, como para tantas otras en Cuba y en Miami. Al final no nos montamos en aquel barco porque no eran tiempos todavía para salirnos del juego. No sé cuánto le pesó eso a mi padre o a mi madre, no soy capaz de medirlo con exactitud, pero ese juicio llegó después, cuando fuimos descubriéndonos en medio del engaño y la turbiedad de la tan politizada vida en la Isla, en la que terminamos todos atrapados y viviendo al día, como los demás. Y fue duro.
Pero de vez en cuando llegaban aquellas fotos. Existían nuevos primos y esos primos se casaban usando hermosos trajes y tenían hijos y llegaban los nietos de aquella tía. Más tarde la abuela Mercedes, que vivía con nosotros en Cuba, comenzó a viajar para encontrarse con esa otra versión negada de la foto familiar, hasta que no regresó más junto a nosotros.
Ahora comprendo que crecí admirando esa porción en negativo de mi propia historia. Que entendí a mi padre cuando deseó permanecer en la Isla junto para no traicionar los restos de mi abuelo muerto en la guerra, y a mi madre por no fracturar aún más la familia.
Pero el mal estaba hecho. Cuántas veces, ya de adolescente, al caer la tarde, me asomé a la terraza de la beca donde trataba de prepararme para ingresar a la universidad y pensé mi futuro en clave de despedida, incluso de negación, de todo aquello que conformaba mi realidad de entonces, una suma de esperanzas sin asideros, un deseo de llegar sin saber bien adónde.
Thursday, April 2, 2009
Metal a la orden

Así vivimos los cubanos. Amenazados dentro y fuera. Con espadas sobre nuestras cabezas.
He visto un blog que recoge evidencias de las negaciones de permisos de salida o entrada que han padecido varios cubanos. Cada uno de nosotros, es un decir, tiene algo que contar al respecto. En cuanto a mí, difícilmente olvide aquellos días en las oficinas de Inmigración en mi ciudad, las caras de tantas personas humilladas ante lo penoso de un trámite que en lugar de ser tan sencillo como en cualquier otro sitio de este ancho mundo se nos ha convertido a los cubanos en una amargura más.
Angustia muchas veces no amortiguada por el hecho de vivir en libertad. Porque ¿cómo recuperar el tiempo que nos robaron al lado de un ser querido cuando no nos permitieron ingresar más al país? ¿Con qué se cura esa infelicidad?
Me preguntan si a un cubano que cruza la frontera de México hacia Estados Unidos le permiten regresar de visita a Cuba. ¿Puede alguien saberlo? ¿En algún lugar está escrito? ¿Y quién puede asegurar que se puede generalizar y que no analizan caso por caso?
Sunday, March 29, 2009
La elipsis o el otro muro

Debido a esa peculiar forma de hacer un periodismo cada vez menos objetivo, se suele tildar de racista y discriminatorio al legítimo acto de defensa de un Estado contra la inmigración ilegal y descontrolada, así como contra la violación de las fronteras y la permanencia en el territorio de más de once millones de personas sin documentación en regla.
Casi a diario leo reportajes sobre inmigrantes que al ser detenidos revelan injustificados maltratos por parte de la policía o las autoridades migratorias. Últimamente la han tomado contra el alguacil de un condado de Arizona. El hombre se ha hecho célebre por aplicar las normativas “con mano dura” y ya enfrenta demandas en la Corte por maltratos.
El problema está en que, con el mismo énfasis con que en determinado reportaje el redactor se coloca al lado de los hispanos ofendidos, se oculta o minimiza muchas veces deliberadamente el rosario de violaciones de la legalidad cometidas por los denunciantes. Pero ya lo sabemos: el papel imparcial que cierta prensa debería observar en la denuncia de las irregularidades va haciéndose cada vez más elíptico hasta su total anulación.
Tomemos como ejemplo el caso de México, uno de los países con leyes migratorias más estrictas en toda Latinoamérica y no por casualidad una de las naciones más afectadas por las expulsiones de sus ciudadanos desde Estados Unidos. Las regulaciones mexicanas prescriben la deportación de todo aquel indocumentado que proveniente de cualquier país vecino ponga los pies en su territorio.
Una de las escasas excepciones, los inmigrantes cubanos, desde el 2008 son metidos en el mismo saco y deportados desde México a la Isla sin reparar en lo que Estados Unidos sí tiene todavía en cuenta: que huyen de la única dictadura totalitaria del hemisferio occidental y por tanto tienen una motivación que trasciende lo económico para emigrar.
Y digo más: El virus que inocula ese tipo de periodismo ya ha calado sospechosamente en algunos cubanos recién llegados a Estados Unidos. Algo anda mal en el mundo cuando con mayor frecuencia cada vez me encuentro con cubanos que se prestan a ese juego y si un policía los detiene por alguna violación de las leyes y les impone una multa, terminan siempre alegando racismo y elogiando el modo de vida que llevaban en Cuba, donde continuamente recuerdan que “vivían sin trabajar”.
Tuesday, March 24, 2009
Welcome, compañeros colegas

Uno fue el cronista deportivo Raúl Arce, cuyos trabajos solía leer en las páginas del diario Juventud Rebelde cuando todavía yo residía en Cuba. El otro fue Yuri Boza, editor de televisión, a quien recuerdo, entre otras cosas, por el excelente trabajo audiovisual que realizó en el programa Gol, cuyas emisiones jamás me perdía.
Y es curioso también porque de toda esa delegación que viajó al Clásico, quizás ninguno esté tan lejos de lograr un contrato millonario como ellos dos. Es decir, con todo y la presión a que estaban sometidos, los peloteros cubanos perdieron una magnífica oportunidad de brillar lejos de la mediocridad de la Serie Nacional cubana, donde ya varios de ellos alcanzaron un tope y corren el riesgo de estancarse irremediablemente, como ya le sucede al Yuli Gourriel.
Esta vez fueron los periodistas, tan acostumbrados a pasar en medio de tantas penas y armados de tan pocas glorias, como si de otra versión de aquel dirigible lezamiano se tratara, quienes se encargaron de dar una lección y denunciar ante el mundo el tamaño aproximado de la mentira gigantesca del régimen imperante en la Isla.
Arce se declaró “desencantado de la revolución de toda la vida” y se sorprende de que el ex gobernante haya dedicado una de sus reflexiones a llamarle “baboso” y “simulador”. Seis años después de los tristes sucesos de marzo del 2003 contra periodistas independientes y opositores, el despropósito que significan tales calificativos hacia un ser humano culpable sólo de elegir un destino para reunirse con su familia –que de otra manera lo hubiera tenido muy difícil– ilustra mejor que cien condenas a muerte sobre el talante de esa dictadura.
Friday, March 13, 2009
Una conversación con Joaquín del Olmo
Si hablé con Del Olmo fue también para recordar momentos que fueron muy sensibles para mí como amante del fútbol y en especial como seguidor de México, equipo que siempre me llamó mucho la atención por su condición de guerreros sobre la cancha, capaces de plantarles cara a rivales de mayor historial o jerarquía, como Alemania en México ’86; Italia en Estados Unidos ’94; Holanda y de nuevo Alemania en Francia ’98; otra vez Italia en Japón-Sudcorea ’02; y Portugal y Argentina en Alemania ’06, que fueron al menos los que yo vi.
México es un país que respira fútbol, las variaciones de su estado de ánimo como nación parecen marcadas por los vaivenes de su selección mayor y los 18 clubes de sus dos torneos nacionales, Apertura y Clausura. Se vive una situación tal de tensión futbolística durante casi todo el año que los cubanos, no acostumbrados a ello –olvídense de la falacia de que en Cuba es igual con el béisbol, los que sostienen eso conocen muy poco de la pasión que despierta el fútbol en otros países– lo observamos desde la distancia con una mezcla de admiración e impotencia, pero eso es algo que daría pie a otro post.
Conversar con Del Olmo fue revisitar también mi pasado reciente, cuando todavía no era periodista, sino simplemente un joven amante del fútbol, recopilador de estadísticas y descubridor de las esencias de un deporte que nos trascendía y nos trasciende en el tiempo como habitantes de una isla tenazmente beisbolera, empeñada en continuar alejada de la órbita del balompié mundial.
Del Olmo, que actualmente se desempeña como técnico del club Correcaminos de Ciudad Victoria, Tamaulipas, de Primera A, respondió mis preguntas en un ambiente distendido, rodeados ambos de “cuates” con camisetas del Tri –así le llaman a la selección nacional mexicana, por los tres colores de la bandera– y alguna que otra botella de tequila José Cuervo, cuyo precio es mejor no revelar. Para evitar especulaciones, vaya.
¿Qué le falta a México para elevar su nivel futbolístico?
Este equipo necesita mayor roce entre los jugadores. Les falta acompañamiento en las jugadas. Hay mucha distancia entre las diferentes líneas y eso sucede cuando se le deben horas al trabajo de conjunto. También hace falta un mejor trabajo en fuerzas básicas [México acaba de quedar fuera de la eliminatoria para el Mundial Sub-20, que será en Egipto este año (Nota de M.H.M.)], restructurar la cantera de los equipos, como han hecho Chivas, Pachuca y un poco Pumas. No olvidemos que dentro de diez años los futuros miembros del Tri son los chicos que hoy juegan en las academias o por ahí. Si no se trabaja con rigor en la cantera, vamos a seguir supliendo nuestras carencias con naturalizados.
Algunos hablan del maleficio que significa para México pasar del cuarto partido en Mundiales. ¿No será que ese es el nivel real de la selección?
Se necesita un cambio en la mentalidad, hay que sentirse ganadores. Podemos llegar más lejos, sé que tenemos potencial para lograrlo, pero los jugadores deben llegar convencidos de que son capaces de ganar, de dar ese extra para ascender un escalón más como selección y ponerse a la altura de los más grandes. Claro, eso no se alcanza de la noche a la mañana, se requiere de una cultura que venga casi desde la cuna.
Participaste en la selección mexicana que asistió al Mundial de 1994 en Estados Unidos. ¿Qué es lo que más recuerdas de esa incursión?
Las cosas que recuerdo tienen que ver con momentos y sentimientos muy íntimos. Escuchar por primera vez el himno de mi país en el extranjero vistiendo yo la camiseta de la selección, y sentir todo el tiempo el apoyo y el calor de la gente, lo mismo cuando perdimos ante Noruega por uno a cero, que cuando le ganamos a Irlanda y luego empatamos con los italianos. Pero nos faltó experiencia, México no jugaba un Mundial desde 1986 y esos ocho años pesaron demasiado. La selección la integraban jugadores de gran carisma, Hugo Sánchez, Jorge Campos, García Aspe, Zague, Marcelino Bernal, muy buenos todos, y te juro que nunca volví a sentirme tan bien en un equipo. Éramos como una familia y la afición la recuerda con mucho cariño. Ya después, para la Copa América de Uruguay en el ’95 esa magia se rompió, perdimos la unidad del grupo y no pudimos lograr nada.
Friday, March 6, 2009
Cuba en el Clásico. Algunas interrogantes

Ya sabemos que los peloteros cubanos –o nacidos de padres cubanos– que juegan en Grandes Ligas no pueden vestir la franela de la Isla donde nacieron o de donde provienen sus ancestros. Esa anomalía histórica se seguirá sufriendo mientras exista allá en Cuba el actual régimen excluyente e ideologizado en extremo.
Mientras tanto, las “big leaguers” cubanos, los Yunel Escobar y Yunieski Betancourt, que nunca fueron llamados al team nacional cuando vivían y jugaban en Cuba (les faltaban méritos para ser tenidos en cuenta, a mi juicio), se sumarán a aquellos que sí integraron alguna vez el equipo, como José Ariel Contreras, Orlando “Duke” Hernández y su hermano Liván, Danny Báez, Kendri Morales y Alexei Ramírez y ahora destacan en la Gran Carpa, pero que han dejado de ser elegibles.
Casi nada de eso se dice en los medios norteamericanos y en los de otras naciones democráticas cuando se habla del Clásico y del equipo cubano, tal vez porque dan por sentado que el tema no tiene remedio y que sólo la desaparición de los Castro de la escena política cambiará las cosas.
Pero al menos en México un periódico reconoció que el fuerte dispositivo de seguridad que rodea a los peloteros cubanos se asemeja al de una estrella de rock como Bruce Springteen en gira por el Medio Oriente.
Los peloteros cubanos tienen talento, no se puede negar, pero también se benefician de un sistema que pone a disposición de este deporte un considerable porcentaje de financiamiento gubernamental en detrimento de otras especialidades que se las ven negras para armar a duras penas un equipo y poder salir al exterior.
Esas cifras ya sabemos que no son dadas a conocer por las autoridades, pero sería interesante verificar cuánto le cuesta al régimen este equipo que se comporta cual si fuera de primer mundo, y por qué en medio de la crisis y las penurias de los años 90 en Cuba el béisbol siguió nutriendo la pirámide de rendimiento que posibilitó que se alojaran en hoteles con muy buena alimentación y se trasladaran en ómnibus que antes sólo eran reservados al turismo.
¿O son demasiadas interrogantes para un juego nueve innings?
Sunday, March 1, 2009
A propósito de un knock-out
Ambos combates se saldaron con derrotas para los púgiles locales. Márquez fulminó con un nocaut estrepitoso a Díaz en el noveno round, y John retuvo su corona pluma de la Asociación Mundial de Boxeo al empatar por puntos con Juárez, a quien quizás en Cuba recuerden por su medalla de plata en Sydney 2000.
Fue mi primera experiencia ante un evento de esa naturaleza. Vine siguiendo toda la previa de esas peleas, desde la primera conferencia de prensa de principios de enero hasta la ceremonia de pesaje del viernes pasado. Excepto a John, que se mandó un viaje de 25 horas para llegar a Houston desde su país, pude entrevistar a los otros tres, incluyendo a entrenadores y promotores. Con Juárez y Díaz (este último estudia Ciencias Políticas en la Universidad de Houston-Downtown, se graduará este año) específicamente compartí toda una sesión de entrenamientos durante casi una mañana entera en el Savannah Gym, su cuartel general, ubicado muy cerca de la sede del periódico para el que escribo.
Por eso también me sobrecogió un poco ver a Díaz liquidado en la lona a todo lo largo. Confieso que no fue fácil para mí, sobre todo en el caso del capítulo Márquez-Díaz, el más brutal de la noche, ver a dos jóvenes liados a golpes hasta sangrarles el rostro y quedar uno de los dos tirado sin fuerzas mientras el otro, con su cara igualmente hinchada, cortada y sangrante, se llevaba todos los honores y aplausos.
Pensé que hay algo de inhumanidad en todo eso. Un colega me recordó que los hombres hemos sido capaces de prohibir las peleas de gallos, pero seguimos promoviendo hechos violentos de esta magnitud.
No salí contento del Toyota Center. Muchos de los que fueron a ver las peleas tampoco salieron complacidos, pero sospecho que por razones distintas a las mías. Es sólo una intuición, corroborada en la última conferencia de prensa, después de la pelea, cuando todo tenía visos de funeral y había un silencio de muerte en la sala. Allí estaban los peleadores con lentes oscuros, para evadir la vergüenza de unos ojos amoratados y un rostro deshecho.
Friday, February 20, 2009
Monday, February 16, 2009
Un dolor compartido

La capital de todos los cubanos
Arribando desde los diferentes puntos cardinales que conducen a La Habana, en las aproximaciones a la gran urbe, hay una valla pública que reza: "Bienvenidos a la capital de todos los cubanos". La imagen de la Giraldilla como símbolo de esta ciudad parece convidarnos a un parnaso de edificios y avenidas, estatuas y prados, glorietas y circunvalaciones entramadas que semejan laberintos que ni el mismo Borges jamás imaginó. La Habana se nos dibuja como un sitio fantástico, la ciudad maravilla donde arquitectos glorificaron sus proyectos, donde la vida cultural es rica porque para eso agrupa los teatros más grandes del país, los cines más famosos y están las sedes de todo lo que rige la política cultural de una isla llamada Cuba.
Pero venido desde cualquiera de los puntos cardinales que conducen a la gran ciudad, La Habana nos presenta un panorama de deterioro absoluto, no solo en las murallas de la época colonial, sino en los muros y en las columnas de toda etapa aglutinada desde su fundación hasta nuestros días. Ya se sabe que en ella están representados todos los estilos de la arquitectura moderna y precolombina, que en una misma acera, larga como un río, se pueden hallar formas góticas, neoclásicas, coloniales, arabescas, surrealistas, el barroco universal de cuanto grupo étnico se asentó en determinado espacio y erigió sus costumbres y edificaron sus sueños.
Detrás de esa archifamosa foto del litoral habanero, detrás de esa vista convertida una y mil veces en postal de millones de turistas, hay una ciudad destruida visceralmente.
Se sabe que La Habana fue llamada "la capital de las Antillas"; hay quien exageró tratando de llamarla "la capital de las Américas", pero de lo que sí dan cuenta las fotografías es que era y fue hasta 1959 una ciudad espectacularmente bella, hermosa, majestuosa, divina, encantadora, deslumbrante, fascinante, algo así como todos los adjetivos tremendistas que los enamorados le aplicamos a una mujer cuando nos gusta.
Los que bien conocieron a esta ciudad antes y después del llamado Triunfo Revolucionario, suelen decir que La Habana (y Cuba) está detenida en el tiempo. Esto es peligroso si se sabe que el tiempo es dialéctica, continuidad, movimiento, progreso, de hecho: futuro…y el futuro siempre lo pintan en colores, con brillo y mucha luz.
La Habana perdió en 50 años de Revolución su enorme glamour, no ese de casinos y bares, sino el que produce las luces de neón, la pintura fresca, las formas de las cosas arquitectónicas y ambientales físicamente terminadas y conservadas, el detalle armónico de un parque, un banco, una cafetería, esa organicidad estética que debe llevar toda ciudad que se respete y se llame capital de un país. Donde se cayó un cartel lumínico "de la época", ahí mismo quedó un yerro colgando. Donde se cayó un pedazo de balcón neoclásico, ahí mismo se quedó el hueco que tal vez, a lo mejor, quién sabe…fue taponeado con un pedazo de bloque, otro de ladrillo y una tabla para que no se vea de afuera hacia dentro. Donde se cayó un vitral, una baranda, una mampara, un atril, una celosía, una meseta, un corredor de aire, un ascensor marca OTIS, ahí mismo nació el abandono, el polvo y el olvido.
Duele ver para estos tiempos que la fotografía de La Habana es apestosa y lastimera. Soy de los que me niego a retratar la miseria humana, pero estoy rodeado de un paraje al que le puedo sacar la más lírica poesía desde un determinado ángulo de la belleza, pero sé que estoy parado sobre un pedestal de indolencia y desamor, de destrucción y depauperación total. La Habana no tiene hoy en día, un lugar ABSOLUTAMENTE hermoso, un espacio que produzca bienestar espiritual total. Puede ser que una vista al mar sea enriquecedora, pero basta bajar la mirada hacia la calle y verás los contenedores de basura procreando bacterias y enfermedades, mierda sin recoger en una semana, pestes que se te cuelan hasta la raíz de la depresión.
Sigue siendo majestuosa y fascinante porque ningún huracán ha demolido la altura del Capitolio, la longevidad del Gran Teatro, el impresionismo de la Catedral, las columnas del Hotel Nacional y esa saga de edificios a lo largo del litoral que muestran al Vedado y a La Habana Vieja. Pero si te detienes en cada pared, en cada sitio deslumbrante, hay huellas visibles de lo que el tiempo nos quitó y la poca voluntad política ha sumado. Esta sigue siendo la ciudad más visitada de Cuba, y yo digo que es altamente preocupante lo que va quedando de ella.
No tengo ánimos de relacionar un inventario de baches, calles rotas, señales del tránsito destruidas y otras que no existen donde corre a diario el peligro, paredes sin lozas, ni azulejos, ni detalles; paredes sin colores porque nunca más se pintaron, formas rústicas agregadas bajo el impulso de una necesidad para la convivencia o la sobrevivencia, amén de determinados grados culturales en los seres que han distorsionado la coherencia ambiental. Tenemos una ciudad llena de bicitaxi, de cocotaxi, de panataxi, de vendedores de granizados, de maní, chupa chups y maripositas chinas. Balcones llenas de ropas tendidas por falta de espacio para las necesidades más básicas. Calles sucias y pestilentes, oscuras en las noches y propicias para el desarrollo de la delincuencia, gente a mal vestir porque eso es lo que ofrece el mercado, ausencias de publicidades comerciales porque predomina el cartel político en su empeño de preservar la única ideología.
Detrás de todo esto (y delante de nuestros ojos) se nos está cayendo la ciudad a pedazos. Donde hubo y no hay, ya no habrá… así reza mi mente frente a lo que veo a diario y me niego a retratar porque ya bastante tengo con padecerlo.
Sé que la fotografía recoge la memoria de los pueblos, el suceso al instante y que ella sola cuenta la historia mejor que muchos hombres. Ay de mi y los cubanos si no aparece un rabo de nube que se lleve lo feo, todo lo feo Dios mío, si no tomamos los recursos y sumamos las manos y el amor y la voluntad y la actitud, no solo para salvar a la capital de todos los cubanos, sino a toda Cuba que está destruida y fea. Y yo sé que mi país es bello, hermoso, lindo, casi divino porque Dios también lo concibió. Tiene una gente espectacular, un clima encantador y una historia espiritual (sí, la del alma; no la de las armas) como pocas se conocen… porque a esta isla desembarcaron españoles, africanos, árabes, chinos, jamaiquinos, suecos, latinos…y algo mágico los deslumbró, algo místico los hechizó, y finalmente decidieron anclar sus vidas en esta tierra.
Yo quisiera antes de morirme, decir con vehemencia y adoración aquella frase que hace más de 500 años hizo evocar desde el alma de un conquistador genovés: "Esta es la tierra más bella que ojos humanos hayan visto".
Enmanuel Castells Carrión
Febrero 2009
Thursday, February 12, 2009
What's up, Barry?

El manto del dopaje ensombreció la carrera de nombres imprescindibles en la historia moderna del béisbol mundial: Rafael Palmeiro, Mark MacGuire, Sammy Sosa, Roger Clemens, a quienes todavía les quedaban algunos años en el terreno. Más recientemente, Alex Rodríguez y Miguel Tejada han confesado que se dopaban o que al menos mintieron cuando dijeron que no lo hacían. Pero tal vez ninguno sufrirá más cuestionamientos que el gigante entre gigantes, Barry Bonds, el hombre --casi adolescente en la foto-- que con sus 762 cuadrangulares desplazó al mítico Hank Aaron de la cumbre de los jonroneros históricos en la Gran Carpa.
En teoría, desde el 2004 comenzaron a aplicarse castigos por dopaje en Grandes Ligas, pero hasta ahora han sido más los "tapados" que los sancionados, como reveló la cifra de 104 peloteros cuyos nombres la revista Sports Illustrated, hasta donde sé, no ha divulgado. Cuesta creer que tantas estrellas se hayan equivocado de la manera en que lo hicieron. No es una vergüenza, o al menos no en el sentido que quiere darle Bud Selig --vaya usted a saber cuánta responsabilidad tiene este hombre en todo eso, yo digo que mucha--, es algo peor, es un cataclismo de la ética.
Por eso, el dilema, antes que legal, es ético. Doparse es apelar al fraude y es entonces que la preocupación de jugadores como Lance Berkman y Roy Oswalt tiene fundamento. Los que se ganaron sus números a pulmón, sin ayuda del laboratorio, tienen derecho a cuestionar los records y hasta los multimillonarios contratos de las superestrellas que ahora reconocen sus faltas.
Wednesday, February 4, 2009
La rabia, el orgullo, el énfasis, la sospecha...

Cuando los medios reflejan sólo una cara de la verdad, subliminalmente alientan en los lectores o espectadores la inclinación por la duda. Y no sólo por la socorrida -y muy cierta- ecuación de que nunca son tan malos los malos ni tan buenos los buenos, sino por un elemental sentido de respeto hacia el otro, hacia la pluralidad, que es la negación de aquello que tan torpemente reflejan diarios como Granma o Juventud Rebelde. Eso sucedía y sucede aún en ese país mío, de donde un día salí convencido de que regresaría, pero sólo cuando ningún hombre de traje verde o del color que sea se atreva a pisotear mi condición de demócrata, con el mismo rencor que ese par de femeninos pies pisan en la foto la bandera con la estrella de David.
Nada atentaría más contra la verdad en el caso del conflicto árabe-israelí que apagarle la luz, mediáticamente hablando, a un bando en beneficio ciego de otro. Pero no se olviden de la objetividad. Los radicales islámicos, como esta mujer o este miliciano, que no todos los árabes lo son, tengamos eso presente, juran todos los días que borrarán del mapa a Israel y a todos los infieles de occidente, y por muchas razones que Javier Marías tenga para creer que no hay que hacerles demasiado caso, lo último que puede hacer el mundo libre es esperar cruzados de brazos por nuevos 11 de septiembre. Y si no, relean aquí.
Monday, February 2, 2009
El ajedrez es poesía
León lleva más de cuatro décadas muy vinculado a los tableros, primero como jugador y luego como maestro y pedagogo. Enamorado de la enseñanza del ajedrez, sobre todo en edades tempranas, ha elaborado un programa docente titulado "El ajedrez: la poesía de la lógica", una guía para el trabajo con el juego ciencia en las escuelas, que contribuiría a la formación de estudiantes con edades comprendidas entre 8 y 15 años, y avalado con un premio internacional en Argentina.
Es autor de varios libros, entre ellos Breviario ajedrecístico, donde se confirma por qué el ajedrez está comúnmente asociado al desarrollo precoz de la inteligencia y al afianzamiento de rasgos importantes dentro de la vida como la honestidad, el empleo de la táctica, el logro de la concentración necesaria para alcanzar un fin, la aceptación de la derrota, entre otros.
A León lo motiva no tanto el hecho de buscar obsesivamente al gran genio o al campeón, como sucede en regímenes como el de Cuba, sino tratar de dotar de horizontalidad a la formación cabal del joven ajedrecista. "Este juego interviene en la formación del carácter, te prepara para la vida. En ese sentido, es mucho más que un simple movimiento de piezas sobre 64 casillas, es propicio para la maduración intelectual, pues permite poner en manos de talentos cada vez más jóvenes, varios problemas e inquietudes que son cada vez más complejos", argumentó.
A la pregunta de cuánto ha beneficiado la tecnología al ajedrez responde: "En el análisis de las partidas y la preparación de los jugadores, mucho. Pero en la práctica, poco. La máquina nunca podrá suplantar al jugador porque el ajedrez no es únicamente memoria, sino también creatividad y un poco de instinto o lo que podemos llamar un sexto sentido. De no ser por eso, los memoriosos fueran todos campeones", sostuvo el profesor.
Cuando inquiero sobre a quién considera el mejor jugador de la historia, León esboza una sonrisa. "Por favor, nadie me tilde de chovinista, pero hasta el propio Bobby Fischer reconoció que fue el cubano José Raúl Capablanca. A Fischer, por cierto, lo conocí en La Habana durante la Olimpiada Mundial de 1966, evento que logró reunir a gigantes como los ex soviéticos Tigrán Petrosián, que era el campeón mundial en ese entonces, Boris Spassky y Mijail Tal, el danés Bent Larsen y el argentino Miguel Najdorf. Pero también debo decir que entre los jugadores que más me han llamado la atención están el norteamericano Frank J. Marshall y el francés Phillidor, un extraclase jugador del siglo XVIII cuyas partidas transcritas han llegado con vigencia hasta nuestros días", explicó León.
Desde que yo estoy en Houston, nunca había recibido un abrazo tan fuerte y sincero por parte de otro cubano, ni había visto a nadie más contento al descubrir que quien lo iba a entrevistar era un compatriota suyo. Experimentar esas cosas ayudan a tener un mejor día. Le deseo mucha suerte a León.





