Wednesday, December 16, 2009

Naufragio ¿y final? de Cubaencuentro

Cubaencuentro ha llegado a su fin. ¿O no? ¿Qué ha sucedido, puede alguien decirlo públicamente? Nos dejan caer atisbos. Y como escasa es la información, tiene uno que leer -y hacerse- especulaciones. He ahí el dilema de todos estos años: la falta de transparencia en un sentido amplio, pero sobre todo en el manejo de fondos. ¿Cómo ha sido posible que tan buen financiamiento no haya sido empleado en crear bases sólidas de futuro para una institución que creímos imprescindible en el escenario de la pelea global contra la propaganda castrista? Mientras vivía en Cuba, defendí a Encuentro en cada diálogo, ante cada ataque, de frente a todos. Los defendí incluso ante policías y agentes de la "cultura" del régimen. Los defendí porque en ello me iba la defensa de mi fe en una Cuba opuesta a la que hemos vivido y conocido durante medio siglo. Colaboré con ellos e invité a mis amigos escritores y periodistas a hacerlo. Varios lo hicieron. Y fue arriesgado. Ya lo he contado. Los contagié con mi fe. Y ellos creyeron igual, a sus maneras. Cómo olvidar la avidez por tener cada número de la revista, por imprimir y repartir cada boletín de Cubaencuentro que puntualmente llegaba a una dirección de correo fantasma que habíamos creado mi esposa y yo sólo para eso. Caminé La Habana detrás de un número perdido de la revista. Toqué puertas que no siempre se abrieron. Visité sitios donde no siempre fui bienvenido. Llamaban a mi casa desde la embajada española, para sobresalto de la familia, en un país donde por menos que eso te pueden convocar a una sesión de pescozones. Había nombres enrolados en aquel proyecto sobre los que no podía tener ninguna duda: Antonio José Ponte, Michel Suárez, Manuel Díaz Martínez, Luis Manuel García, y luego Pablo Díaz, a quien fui conociendo y tratando en la medida en que crecían mis colaboraciones. Escribían gente a las que admiro y sigo leyendo por ahí, dondequiera que aparezcan sus trabajos, desde Rafael Rojas, Carlos Alberto Montaner y Néstor Díaz de Villegas hasta Rafael Alcides, Enrisco y Duanel Díaz. ¿Cómo no poner las manos en el fuego por todo eso? Encuentro siempre tuvo quién le escribiera, por eso más de uno anticipó este naufragio. Supe de las críticas a su gestión. Las leí en el blog de Jorge Pomar, también en Penúltimos días. Lo leía todo sobre Cubaencuentro. Y pensé: estos tipos puede que tengan algo de razón, pero se les nota resentidos por algo. Y no sabía, no sé aún, muy bien por qué. Yo también me sentí molesto más de una vez con determinado enfoque demasiado atemperado o aséptico para mi gusto, con cierto recorte a un texto mío, o con esa necesidad cuasi patológica de calibrarlo todo, de buscar un equilibrio forzado, de apuntarse al buenismo y la corrección política. Pero de ahí a creer que todo se iría a pique, iba un trecho. Y sin embargo, el desastre ha ocurrido. Y sus críticos han tenido la razón. Pero la oscuridad sigue. Y viene una pregunta que siempre me hicieron y me hice: ¿quién es Anabelle Rodríguez? ¿Cómo pudo arreglárselas para hacer naufragar una empresa tan bien financiada? ¿O eso de "bien financiada" era sólo en apariencia? Después de esto, ¿pueden alguien creer, en el orden de confiar, en su capacidad, en su liderazgo? Ha nacido Diario de Cuba, hacia donde se han trasladado Ponte, Pablo, Michel y los otros. Yo con ellos. Porque hay lealtades que me gusta sostener hasta las últimas. Les deseo suerte, aunque eso creo que está de más decirlo.

Thursday, December 3, 2009

Un montículo roturado

Buscando viejos apuntes recupero algunas líneas escritas a propósito de mis lecturas de José Kozer, un poeta cubano cuyas iniciales son toda una alegoría bastarda de la mejor literatura, la que refiere destrucciones pero reedifica, la que se detiene en las sombras para viajar hacia otras claridades, la que se solaza en la muerte para connotar renacimientos. Yo no escribiría de un poeta si no lo sintiera cercano, aun cuando sepa que pretender arrojar luz, más luz, sobre otras páginas ya heridas por ella es difícil en ese concierto de contrapuntos entre sobriedad y desmesura que es la poesía de Kozer. Es a esto a lo que voy, al reencuentro de una ardua, intensa singularidad, un cuerpo que ha echado a andar, un montículo ayer florido y hoy calcinado y vuelto a roturar, una ciudad de apagadas noches sin asiento para viajeros, una nación de pesadumbre. Una urbe por levantar, ínsula perdida que no descansa, que propone lo elástico del lenguaje como epifanía y solución, pero otra vez reincidiendo en su espejeante azar, en su final acordado. Esos sentidos que alguna vez recobrarán palabra/ciudad/nación portan esa condición de ductilidad verificable en Kozer, que ya dijo en una ocasión haber sido deslumbrado por simbolistas y también, ¡voilá!, por Lorca, imagino que el de Poeta en Nueva York. ¿Qué sabemos de este señor K? A nadie dijeron ni dirán en escuelas ni hogares que existía y existe. Llamémosles afortunados. Para esos escolares que fuimos, un poeta recomendado por maestro era poeta para desconfiar. Pienso en Nicolás Guillén, que no creo se reponga todavía de esos recelos. Cada vez que en la escuela se menciona a un poeta es para sospechar. Del poeta y de la recomendación, sumergidos ambos, ambos contaminados en y por las nociones previsibles de las heroicidades y los despertares mesiánicos, de las tribulaciones numantinas y de ciertas aleaciones espurias. Que ya en esas escuelas, no más colegios como decían mis abuelas, cada vez se recomienden menos poetas no creo le importe a muchos y lo peor es que no sé cuán malo sea. Solo digamos que este señor K se yergue como lo contrario a un poeta recomendado, al poeta escolar de amapola en busto martiano, y lo más próximo a las fugacidades de la propia vida infeliz o a ese accidente terrible que es ser poeta joven. Yo conocí a Kozer un día de febrero del 2002 en La Cabaña, en La Habana, que dicen es el peor sitio para conocer escritores. No me traje de Cuba aquel libro, la selección de su poesía titulada No buscan reflejarse, firmado por su autor, pero recuerdo algunas frases suyas que anoté y aún otras, y aquel rostro sereno de Kozer transfigurado en Ulises que retorna a tierra donde escasamente alguien lo espera para volver a partir en busca de. Y todo cuanto halla es esto: No hay nada más allá del lenguaje. El lenguaje es una fatalidad. Es el monstruo anulavidas. Habrá que ser irrespetuoso. Siempre. re-Fundarlo. re-Crearlo. re-Armarlo. Siempre. Todavía abría páginas al azar de ese libro, leía yo algunos poemas y volvía a mirar esa nota escrita con apremio y letra frágil: El nombre es la mentira. Y seguido un signo, una grafía, un garabato, un ardid de lo ininteligible que no alcanzaré a desentrañar. Dios mío, cuánto de Tebas nos ha tocado vivir. Cuánto de familia fragmentada. Cuánto de animadversiones y disidencias hay en la larguedad de una poesía nacional. No buscan reflejarse llegó en el momento en que llegó, mas cómo saber si era ese el momento justo. Antes vinieron algunos poemas en revistas, algo en Vigía, alguna entrevista y otra vez el deslumbramiento postergado. Esa demorada recepción de su poesía recuerda aquello de la acusada desterritorialización de la literatura cubana de las últimas décadas, no una más que improbable condición nómada, inaplicable al caso nuestro. Kozer proviene de familia judía, sabe bien de esas migraciones ancestrales y ha sabido poblar toda su obra de referencias cosmopolitas, también antiquísimas, aunque la huella insular no le falte. El desplazamiento de la Isla como centro espacial o punto de llegada, transformada ahora en viejo espigón desde donde se configura un destino: partir, con una intensidad desconocida medio siglo atrás, tributa una dispersión que lejos de redundar en beneficio de cierto cosmopolitismo trasnochado deja un residuo amargo de rencores, descréditos, indiferencias, revanchismos y distancias multiplicadas en el tiempo. Hubo momentos en los que parecía no existir otra poesía entre nosotros que la de norma coloquial políticamente correcta, nauseabundamente afirmativa. Todavía hoy se lamen algunos sus viejas heridas, pero valga recordar que a las excepciones les costaba doble llegar a ser reconocidas o nunca lo serían en la injusta medida en que lo fueron otras voces ya olvidadas dentro del coro nacional. Esos ademanes legitimadores, desafortunadamente, continúan privilegiando un discurso cómodo, quietista, de palidez acrítica, lector de la peor tradición desde el plagio o la pésima copia, para quien el lenguaje es una porra hecha de palabras y el poema es eso, una palabra tras otra, y mira con desdén lo que de verdaderamente revolucionador puede tener una poética asimiladora de corrientes estéticas actuales. Encontré en Kozer un poeta de lo absolutamente interior, evadido de lo acuosamente enaltecedor, aterido por la necesidad de dotar de sentido a la propia realidad desde ella misma y desde lo que se escribe. Antonio José Ponte da cuenta del hallazgo de una confesión en los diarios publicados de Kozer: el poeta dice no haber escrito todavía su gran poema, al que él llama rotundo o definitivo. En otro sitio, Kozer menciona la posibilidad copuladora del dueto Martí/Casal, ya opuestos y ya juntos para siempre, y los proyecta como “orbe reunido”, como “esa entidad centauro” que abrevó o abrevará alguna vez en las riveras de un río mítico insular. Así como no existe tampoco el gran poema, el poema rotundo o definitivo de Martí y de Casal más allá de sus propias vidas y de sus poéticas, en los poemas de Kozer late la telúrica intencionalidad de anular poderes espurios, magnificencias verborreicas, grandezas de ocasión, vastedades hinchadas de gravedad, grandilocuencias atroces, todos tan extraños a su discurso, a su pensamiento filosófico, y esa intención lo re-úne con una zona no desdeñable de la poesía contemporánea cubana.

Monday, November 16, 2009

Maratón por los Derechos Humanos en Cuba

Quisiera acompañarlos allá, tener el don de la ubicuidad para viajar y estar a la vez en Madrid y Barcelona y gritarles unas cuantas verdades a los representantes del régimen, pero como no va a poder ser, debo conformarme con poner en este blog el promocional de la marcha que organiza Cuba Democracia Ya! en España.

Monday, November 9, 2009

Berlin East Side Gallery

Un poco de arte sobre los restos del Muro de Berlín a propósito de los veinte años de su caída.

Friday, November 6, 2009

Del escriba deudor

Hace dieciocho meses que vivo en Estados Unidos. En ese tiempo he tenido tres empleos y ninguno ha tenido nada que ver entre sí. Y de ellos sólo uno estuvo relacionado con lo que estudié en Cuba.
Puse tornillos y tuercas en una fábrica de componentes electrónicos. Fue lo primero que hice al llegar a Houston. Trabajaba de noche, hasta la una o las dos de la madrugada. A veces trabajaba sábado y domingo durante semanas corridas, sin descansar ni un fin de semana. Con el dinero ahorrado entre mi mujer y yo pudimos comprarnos nuestro primer carro, un Honda Civic al que rebautizamos como Honda Parkinson por la manera en que vibra. Es el preferido de Alicia, nuestra hija, no sabemos muy bien por qué.
Tenía las mañanas libres. Las empleaba en estudiar un poco de inglés, navegar por internet y asomarme a la prensa hispana de Houston, con la esperanza de encontrar alguna oferta de empleo como periodista. La oportunidad llegó cuando el hoy desaparecido diario El Día puso una convocatoria para redactor-reportero de deportes. Mandé mi resumé y me citaron a una entrevista a la que acudí en blue jeans y camisa de mangas largas. Yo iba feliz, inocente de ciertas reglas. Me aceptaron, aunque luego me enteré de que estuvieron a punto de no recibirme pues no iba vestido de forma apropiada. Y yo pensé: Idiotas que son los tipos estos.
Estuve en El Día apenas cinco meses. Tras ser convertido en semanario, quedé desempleado y debí esperar dos largos meses antes de pisar otra vez un centro laboral. No está de más decir que con el cierre de ese periódico, la comunidad hispana perdió un buen vehículo de comunicación, aunque nunca comulgué con su enfoque parcializado al tratar algunos temas, como el de la inmigración ilegal y la seguridad interna, visión que naturalmente tenía su origen en el izquierdismo recalcitrante -y mucho de antiamericanismo también, perdonando la redundancia- de algunos redactores y editores.
Ahora trabajo en un restaurante. No puedo decir que sea miel sobre hojuelas. He debido sufrir las secuelas de un aprendizaje acelerado de un coctel bastante agridulce que contiene la forma de llevar un negocio, manejar dinero, controlar trabajadores, atender clientes en una lengua que domino a medias, bastante de civismo a la norteamericana, y unas cuantas onzas de normas de respeto y cortesía que en mi país fueron borradas del mapa de lo humano. Y ahí estoy, con la esperanza de continuar ganando en experiencia a ver si algún día toco en la puerta de eso que llaman "éxito".
¿Y el periodismo? ¿Y la literatura? Supongo que para aminorar esas deudas que contraje con ambos abrí este blog hace ya unos cuantos meses, pero si desde el pasado 20 de octubre no lo actualizaba es señal de que no soy (como decíamos en Cuba) muy buena paga.

Thursday, October 15, 2009

La odisea de un hombre bueno

Rubén Ortiz y su esposa Anays Miranda ante la estatua del Padre Félix Varela, en San Agustín, Florida (Estados Unidos). Foto tomada de Facebook.
Estoy pensando ahora en un hombre bueno, con toda la grandeza y la fragilidad de esa dulce palabra. Un hombre bueno, como le gustaba decir a Gastón Baquero, es aquel que reúne el don de la poesía, digamos que hecha carne en este caso, y la sutileza de un carácter afable. Estoy pensando en una persona a la que siempre he estimado y respetado mucho, y que se llama Rubén Ortiz Columbié. Esta semana que ya casi termina me enteré con profunda tristeza que el viejo Rubén fue encarcelado en su querida ciudad de Santiago de Cuba, acusado sabe Dios de cuántas de esas figuras que bajo una dictadura totalitaria como la que padece la Isla toman el nombre de "delictivas". Ya varios medios de prensa se han encargado de denunciar su detención, pero a pesar de ello, Rubén y su colaborador eclesial Francisco García Ruiz se mantienen incomunicados en una mazmorra de Versalles, sede del Departamento de Procesamiento Penal -comúnmente llamado "Todo el mundo canta"- del Ministerio del Interior cubano. En otros tiempos a esos sitios se les llamaban vulgarmente "centros de torturas", pero ya sabemos que la corrección política tan asociada a las izquierdas y a cierta prensa sólo aconseja denunciar esas prácticas si las realiza, por ejemplo, una nación democrática, como Estados Unidos, o una dictadura de las llamadas "de derechas", como la del chileno Augusto Pinochet. Los que lean la nota publicada por el periodista Wilfredo Cancio en El Nuevo Herald tendrán detalles de la acusación. Pero en resumen Rubén, de 68 años, y Francisco, de 46, ambos con responsabilidades dentro de la Convención Bautista Oriental de Cuba, fueron detenidos por la Policía el pasado 3 de octubre, cuando se dirigían desde Santiago hacia la vecina provincia de Guantánamo para llevar una suma de dinero que estaba destinada a diversos proyectos institucionales relacionados con la agricultura y la alimentación en esa zona. Para los que dudan de la integridad ética de estas personas, específicamente en el caso de Rubén, les digo que este hombre no tenía ninguna necesidad de traficar absolutamente con nada, de violar ningún torpe estamento judicial, pues sus tres hijos residen fuera de la Isla y contribuyen con sus donaciones, remesas y ayudas personales e institucionales a sostener esos proyectos. Ha puesto su vida al servicio de la Iglesia Bautista en el oriente de Cuba y sensibilizado con el dramático tema de la hambruna que padece Cuba ha salido a buscar alternativas para contribuir a aliviar en algo las carencias que sufren los miembros de sus comunidades. Pero ni siquiera eso es normal y posible en ese desdichado país nuestro. El mal de fondo es que en Cuba no hay posibilidad de amparo legal fuera del esquema gubernamental trazado desde el Palacio de la Revolución desde hace ya muchos años. Es por ello que el denominado "delito económico" a menudo se convierte en político por el fuerte basamento represivo del régimen y las continuas violaciones del propio marco legal que ellos han creado, cometidas por las mismas autoridades que deberían encargarse de impartir lo que ellos consideran "justicia". Rubén tiene ya una edad avanzada. Padece enfermedades, achaques propios de la edad. No es difícil imaginar lo duro que debe estar siendo para él este injusto encierro, sin posibilidad de visitas familiares, en el que deben estar tratándole como si fuera un delincuente. Le dedico estas líneas porque lo conozco y por el cariño que le tengo de toda una vida, porque sé de sus cualidades, dignas de no ser puestas jamás en tela de juicio y porque siempre nos abrió los brazos especialmente a mi madre y a mí para recibir en su casa al niño que yo era cuando debía viajar hasta Santiago para atenderme en la antigua Colonia Española, reconvertida en clínica durante aquellos años. No cabe otra cosa que esperar que toda esta odisea por la que están atravesando estos dos cubanos y sus familias pueda tener fin pronto y sin secuelas. Pero una cosa son nuestros deseos y otra bien distinta es la cruda realidad.

Thursday, October 8, 2009

Cuaderno de bitácora III

No, a La Habana no la conozco tanto. Conocer, lo que se dice conocer, no. Santiago sí. Nunca dos ciudades se han repelido tanto. Es difícil no asociarlas contrapuestas. Así las vi y las veo. Quizás sea porque nunca viví -vivir, lo que se dice vivir, tener "cuota"- en ninguna de las dos. Pero están en mi geografía. Y las menciono. Y cuando las menciono vienen a mí. Y vuelven a marcharse cada una por su lado, como gemelas en disputa, saltando por la ventana o echando a correr escaleras abajo. De la una hablan todos. De la otra parece no hablar nadie. Acaso muy pocos. La una quiere salvarse. La otra sigue su ruta hacia el olvido, que es la destrucción total por otros medios. Lo implacable descrito con ligereza. En Santiago puedes hundirte. Y de paso respirar empalagosamente mientras buscas algún asidero. Todo es turbio y transparente a la vez. Bajábamos dos o tres veces por semana a la ciudad. A veces más. Partíamos desde la Loma de Quintero. Otra vez. Escaleras abajo. Otra vez. Y luego, al regreso, aquellas virutas de pan seco. Y una caja de libros al hombro. Para mí las palabras despertaron entre aquellas paredes multiplicadas. Hicieron su danza. Palabras y paredes. Volvían y se marchaban. Santiago, esa sofocación. Esos rapers de turbamulta mutando en reguetoneros y un grupito de viejos tocando sus sones en cualquier parque de Enramadas. Esas destrucciones. El mapa de Santiago, aquel mapa de ciudad carcomida, comprendía una línea de tiza que trazábamos desde Cuabita hasta la última de las librerías al alcance de nuestra avidez de escritores en ciernes. Todas las ganas del mundo por llegar a algún lugar. A algún lugar desconocido, situado siempre más allá de cualquier racionalidad. Allí, donde fui indocumentado por unas horas, todo se volvía austero, fútil, descomplicado y la vez tan difícil. Más de una página, en poema o cuento, intentó recoger aquellos humos de pueblo grande, de gran urbe encogida, venida a menos. Todas esas cuartillas tienen hoy la calidad del material inflamable, es decir, la dignidad de la combustión inmediata. Lo mismo que una ciudad con tantos estigmas y tan escasos apologetas.
Foto: Universidad de Oriente. Edificio del Rectorado, en la Loma de Quintero, Santiago de Cuba.

Tuesday, September 29, 2009

Los ojos inyectados

Desde algún punto en el vacío, Ángel Escobar nos mira. Vacío. Suicidio. Insaciabilidad. Ya no soy el muchacho que mira / desde el reborde aquel de la ventana. Ángel Escobar. Los cuchillos. El grito. Guantanamero que delira con perga de cerveza. El astillado. El que vio morir a los suyos bajo paliza y dentellada. Uno siente rondar la muerte y su olor no es frívolo. Cuando nos ronda la muerte se prescinde de lo anodino del vivir, se restan banalidades, se apoca el anecdotario de la insulsez, se cobija uno en los antónimos del artificio. Una voz desde la pantalla habla de ojos inyectados. Ángel Escobar. Ese poeta disidente que (han dicho) se repetía. Escribí en medio del vocerío, dice Ángel Escobar y es el primer poeta cubano que nos enseña que el lenguaje NO es fatalidad, aquello recordado por Nietszche que dijo Homero que dijo Hegel. Adiós, iconos de la vida real, vanidad de animal público. Ángel Escobar pudo fundar para sí una de-generación, una antiescuela, un contramito, una deslegión de verbinautas hacedores de otras volutas. Pudo hacer contra-revolución (y la hizo al lanzarse al vacío y pegar su cuerpo contra el cemento en La Habana el Día de San Valentín 1997). Me contaron de aquella grande mesa con objetos: Ángel Escobar le llamaba su novela. Me contaron que bebía cerveza de una pipa que situaban cerca de su casa en Alamar, creo. Y que eso lo aliviaba. Me contaron la anécdota de una falsa Sandra. Y de cierta borrachera y trajín amatorio en una piscina con cierta ninfómana devenida respetada escritora/funcionaria de provincia en Matanzas años 80. Hay unas cuantas cartas a amigos, a su novia eterna, Anita Jiménez, a otros seres cercanos. Hoy lo sabemos: son cartas para aferrarse a una no-explicación, son cartas para sí mismo. Ángel Escobar (me) (nos) contó su día de cuchillos. Me traje de Cuba el libro que recopila toda su poesía. Leyendo aquellos sus poemas de los 70, llueve la extrañeza. Releyendo los últimos escritos antes del salto, vuelven las preguntas. Es cierto. Hubo la NADA. Hubo el VACÍO en la poesía cubana. Vinimos a saberlo tarde, justo tras aquel salto, releídos algunos libros. Ese vacío lo mató. Y ese vacío es: oquedad necesitada de un portavoz. Debimos estar allí, con él, a su lado en el día terrible, atarlo a la cama como aquel Rimbaud narrado en uno de sus poemas del libro Abuso de confianza. A su lado. Como a su lado estaban Carroll, Borges, Kafka. Eso ha dicho alguien torpemente para hacernos sentir inútilmente culpables. Erradamente también, alguien disertó sobre la intelectualización del dolor en su poesía. No es dolor tamizado sino dolor mismo, dolor antiguo que se prolonga y trasmuta. Cuéntame lo que me pasa, aquella su estación vallejiana, es el nombre que dieron a su volumen de narraciones, que muestran tanto como sus poemas. Páginas que cifran una indagación, la búsqueda de otras modulaciones hacia lo inexorable. Tendemos a considerar como trasgresión del lenguaje los meros juegos con las palabras, la implosión sintáctica, todo lo que en Ángel Escobar no es gesto sino único modo de aferrarse a lo incorruptible de una respiración. Será difícil trazar hoy las rutas de formación de una poética. Plácido, Juan Francisco Manzano, tal vez. ¿Pero es una poética lo que hallamos en Ángel Escobar? ¿Es menos un sistema de ideas emparentadas, afines, y más un cuerpo de resistencias que halla verificaciones en el poema? Si en una zona importante de la poesía cubana hallamos “rechazo de la literatura considerada como práctica demoníaca, y el correspondiente elogio de la poesía en tanto actividad integradora, donde no cabe la división”, Ángel Escobar emprendió su andadura a contrapelo de lo icónico y erigió un decir absolutamente singularizado desde las antípodas. Era como si encarnara aquella pregunta lezamiana que es todo un ensayo, su ensayo sobre la relatividad de la verdad, y que inquiere ¿en dónde encontrar sentido? Es en la poesía donde sólo halló coherencia en medio de paranoias y una praxis esquizoide. El primer poema de este libro reconstruye una familia en la memoria. El último, que no es el último que él escribiera, sino apenas el último de este libro, habla de una fugacidad y, lógicamente, habla de política: es decir, reconstruye la historia de la Isla desde el negativo de una fotografía de pasaporte. La familia, que es la ausencia de lo que permanece. La Isla, que es lo que permanece de todas nuestras ausencias, de cada una de nuestra agonías. Desde algún punto en el vacío, Ángel Escobar nos mira. Vacío. Suicidio. Insaciabilidad. La idea de escapar. Una mano se alza cada día para suicidios. Y mata.

Friday, September 18, 2009

Esa insoportable levedad

Es sólo una anécdota. Pero demuestra que todavía me queda algo ingenuo dentro.
Hace unos días visité on line el periódico El País, de España. Anunciaban en portada una entrevista digital con la novelista Belén Gopegui.
Para los que no la conocen, una seña: furibunda defensora del régimen cubano. No sé muy bien por qué, pero masoquismo no será. Masoquismo se espera de un cubano, pero no de alguien que vive en la Vieja Europa.
Lo pensé dos veces, pero terminé llevándome por no sé qué instinto y dejé mi pregunta, señal de que no siempre pensar las cosas dos veces arroja un resultado de provecho. Decía mi pregunta, casi textual:
Belén, los que aún creemos en los derechos humanos y las libertades de expresión y asociación como valores universales y perdurables, nos gustaría saber por qué defiendes al régimen dictatorial que impera desde hace más de medio siglo en La Habana. ¿Será acaso que no consideras que los cubanos deben gozar de los mismos beneficios que, por ejemplo, los españoles?
Al cabo de media hora, más o menos, volví a la página. La entrevista ya había concluido. La pregunta que envié no fue tenida en cuenta. En cambio, un mensaje final de la entrevistada me sacó la carcajada:
"Gracias por las preguntas, decía Céline: ya no nos queda demasiada música dentro para hacer bailar la vida, pero llevémosle la contraria, nos queda dentro y la necesitamos fuera, música y comunismo. ¡Salud!"
Así supe que hay gente muy rencorosa todavía en este mundo. Y que me queda algo de ingenuidad a pesar de mis treinta y cinco años.
Por cierto, más le valdría a la Gopegui no hacerle mucho caso al lector llamado Nostos y arreglarse ese pelo de una buena vez.

Monday, September 14, 2009

El poeta en su calvario

No puedo escribir hoy de otro tema que de las tribulaciones por las que está pasando mi amigo, el poeta Luis Felipe Rojas allá en su pueblo de San Germán, en el oriente de Cuba.
Desde hace algunos años, Luis Felipe comparte su pasión por la literatura con la difícil labor de denuncia de los atropellos que contra los derechos civiles y el ejercicio de la libertad de expresión se cometen a diario en Cuba. Lo hace a través de su blog alojado en Cubaencuentro y también por Radio Martí y otras emisoras y sitios digitales en el extranjero.
Debido a ello, actualmente su vida y la de su familia es lo más parecido a un infierno, con continuas detenciones, golpizas, amenazas, actos de repudio ante su casa, registros, confiscaciones de libros y artículos diversos, violaciones de su privacidad y hasta lanzamientos de piedras y otros objetos contra la habitación donde duerme con su esposa Exilda y sus dos pequeños hijos, Malcolm y Brenda.
Conocí a Luis Felipe en la beca de la Universidad de Oriente, en Santiago de Cuba, donde él comenzó sus estudios inconclusos de Filología a mediados de los años noventas. Yo estudiaba Periodismo y por las noches tertuliábamos siempre entre tragos del peor ron que se pueda concebir y vasos de té y agua de azúcar. Venía del Pre militar y creo que por ello lo mirábamos con cierta desconfianza, como si se tratara de un intruso entre nosotros, que nos creíamos los elegidos por los dioses díscolos de la literatura.
Lo cierto es que fue el primero que se apareció con un bloc casi completamente lleno de poemas, que naturalmente fue descuartizado entre todos, aprendices de poetas con sobradas ínfulas de críticos en ciernes. En realidad reaccionábamos de esa manera ante el sordo mazazo que nos había dado al trabajar sus poemas en la sombra, mientras nosotros dilapidábamos el tiempo en discusiones tontas sobre la naturaleza del arte y el futuro de la poesía. Por eso la mirada del poeta con su gastado bloc bajo el brazo era inquisitiva: ¿y los poemas de ustedes dónde están?
Un día visité la cuartería donde vivía con su madre y un hermano, en las peores condiciones que pueda uno imaginar. Allí transcurrieron sus años universitarios, mitad en Santiago y mitad en La Habana, donde por alguna razón no pudo graduarse nunca. Luego su madre logró con gran esfuerzo construir una vivienda de las llamadas “de bajo costo”, pero para ese entonces ya Luis Felipe estaba cerca de publicar su primer libro Secretos del monje Louis y trabajaba como instructor de teatro en su localidad.
Forjamos una gran amistad que dura hasta hoy. Compartimos muchos momentos inolvidables, como el arduo proyecto de la revista Bifronte, asesinada tras dos números por la acción mancomunada de la policía política y el nuevo Obispo de la Diócesis de Holguín. Siempre admiré su honestidad, pero ahora reparo especialmente en su estatura moral, en la fuerza de sus principios, en el valor que le da a lo que hace en medio de un entorno tan represivo.
Desde aquí le deseo que ese calvario suyo y el de tantos cubanos que han elegido el camino de la liberación personal por medio de la oposición pacífica y la denuncia de las violaciones de los derechos humanos, pueda concluir pronto con el desmantelamiento del viejo régimen y la necesaria apertura democrática en la Isla. De no ser así, sólo le quedará el camino del exilio, donde lo recibiremos como al más esperado de los hermanos que regresa tras una gran batalla.

Monday, September 7, 2009

Un all stars de la pelota cubana

Dos glorias juntas: Luis Tiant y Minnie Miñoso. Corre mucho béisbol (y del bueno) por las venas de ambos.
Otro cubano legendario: Rafael Palmeiro, quien debió retirarse abruptamente tras un escándalo por uso de esteroides.
Hoy quiero hablar de pelota, aprovechando mi entusiasmo por la muy buena actuación que está teniendo el cubano Kendry Morales con los Angelinos de Anaheim. Trabajo que le costó, como dice un estribillo de Willy Chirino. Y quiero hablar de pelota en realidad, no a manera de evasiva, como hacíamos allá-ustedes-saben-dónde cuando se nos acercaba al grupo algún candidato a doctor en ciencias de la chivatería. Resulta que hace ya algún tiempo, viviendo aún en la Isla, leí el libro La gloria de Cuba, la historia del béisbol cubano escrito por el ensayista Roberto González Echevarría publicado primero en inglés y luego traducido y puesto en circulación por la Editorial Colibrí, de Madrid, en el 2004. En uno de sus capítulos, González Echevarría se aventura a lanzar lo que él llama "un all stars de la pelota cubana", es decir, "el mejor equipo de pelota cubano de todos los tiempos, posición por posición", tomando como inevitables puntos de referencia la actuación en los torneos profesionales cubanos --anteriores a su erradicación por el actual régimen de La Habana-- y desde luego las Grandes Ligas. Sobre éstas últimas podrá alegarse que no siempre estuvieron abiertas a los mejores de todas las razas y nacionalidades, pero nadie discutirá que fueron y siguen siendo el más exigente escenario posible en el béisbol mundial, el verdadero medidor de la calidad de un pelotero. González Echevarría sabe que se mete en terreno bastante polémico al intentar comparar los números de jugadores de diferentes épocas. Pero su intento vale el esfuerzo y quiero dejarles la lista, junto con una breve argumentación suya tomada del mencionado libro. Aquí les va:
Primera base: Rafael Palmeiro. Al terminar la temporada del 2003, había acumulado 528 jonrones de por vida en las Mayores y a la defensa había ganado tres Guantes de Oro. Regino Otero fue tal vez el mejor primera base defensivo cubano de todos los tiempos, pero no era un bateador recio. Francisco “Panchón” Herrera, un primera base gigantesco y con enorme poder, habría sido estelar si los Phillies de Filadelfia no hubiesen tratado de convertirlo en tercera o hasta segunda base porque tenían ya cubierta la inicial. Segunda base: Octavio Rojas, que jugó estelarmente 1449 juegos en esa posición en las Mayores, y ganó el campeonato de bateo de la última temporada de la Liga Cubana. Cuba ha dado grandes jugadores de la segunda, desde la época de Bienvenido “Pata Jorobá” Jiménez y Eusebio “Papo” González, hasta Félix Isasi, Andrés Telémaco y Tony Castaño en el período posrevolucionario. Tampoco hay que olvidar a Antonio “Tony” Taylor, que tuvo brillantes temporadas en esa posición en las Mayores y la Liga Cubana. Pero Rojas fue el de más sostenida excelencia en segunda y fue un bateador oportuno. Tercera base: Atanasio “Tany” Pérez, aunque su inclusión aquí es un poco forzada, ya que jugó sobre todo primera en las Mayores. Pero Pérez jugó cinco temporadas como tercera del Cincinnati. Su rendimiento ofensivo de por vida lo hizo ser electo al Salón de la Fama. Héctor Rodríguez fue un atleta excepcional y acaparó varios records ofensivos en la Liga Cubana. Cuando jugaba en el Toronto en la Liga Internacional lo ponían hasta en el jardín central si era necesario. Lo vi jugar en la Liga Cubana y le partía a los toques de bola y sacaba en primera como el mejor de todos los tiempos, Brooks Robinson. Pero su rendimiento al bate como slugger no era el de un tercera base. Short Stop: Silvio García, un superdotado, que además podía lanzar. Brilló donde quiera que jugó, pero por el color de su piel no pudo hacerlo en las Mayores. Dagoberto Campaneris tuvo brillantes temporadas con el Oakland de la Liga Americana y fue un all-around que en un partido jugó todas las posiciones. Fue, además, uno de los más grandes robadores de bases de todos los tiempos en las Mayores. Willy Miranda se conceptúa como uno de los mejores torpederos defensivos en la historia del béisbol, pero era un bateador muy débil. En un equipo con una ofensiva fuerte –como éste– Miranda podría ser el shortstop. Cuba ha sido muy fértil en la producción de shortstops desde la época de Luis “Anguila” Bustamante y Alfredo “Pájaro” Cabrera. Algunos piensan que el mejor fue Quilla Valdés, que nunca pasó a los profesionales, y en la época posrevolucionaria Rodolfo Puente, Germán Mesa y Rey Ordóñez, quien llegó a las Mayores y deslumbró a todos con su habilidad defensiva. Jardineros: Orestes Miñoso, Tony Oliva y José Canseco. Cristóbal Torriente, Alejandro Oms, Santos Amaro y Champion Mesa fueron estelares, pero es muy difícil contra los récords de Miñoso, Oliva y Canseco en las Mayores. Miñoso fue estelar en todas las ligas importantes de su época. Lo único que se le podría achacar a Miñoso es que no tenía posición en la que fuera estelar defensivamente –en la Liga Cubana jugó segunda, tercera, y cuando maduró, exclusivamente los jardines, preferentemente el izquierdo. Tenía un brazo poderoso. Pero no hay cómo regatearle a Miñoso una de las posiciones titulares en un outfield cubano de todos los tiempos. Oliva ganó tres campeonatos de bateo en la Liga Americana, terminó con promedio de por vida de más de 300 y fue seleccionado para varios juegos de las estrellas (ganó también un “guante de oro” porque era un excelente jardinero derecho). Canseco tuvo la mejor temporada de un jugador cubano en la historia de las Mayores, con la excepción de la de 27 juegos ganados de Luque en 1923. En 1988 Canseco conectó 42 jonrones, robó 40 bases y terminó con promedio de 307, con 124 carreras impulsadas. Era un jugador completo, pero sus defectos de carácter lo hicieron desperdiciar la oportunidad que tuvo de llegar al Salón de la Fama –aunque los hay con récords inferiores a los de él allí. Dotado de fuerza, destreza y belleza físicas, Canseco tenía un talón de Aquiles que lo convirtió en una figura más tragicómica que trágica. Receptor: Es la posición más débil. Lo mejor sería una combinación de Miguel Ángel González, por su defensiva, y Rafael Noble, por su ofensiva. En el béisbol norteamericano no hubo grandes receptores latinoamericanos hasta muy recientemente (de Manuel Sanguillén y Tony Peña a Iván Rodríguez) por una razón muy sencilla: el inglés. El receptor tiene que comunicarse con el lanzador y los demás jugadores del cuadro. Además, como pasaba en primera y tercera, los receptores cubanos y latinoamericanos solían ser demasiado livianos y frágiles, aunque los hubo livianos y recios, como Fermín Guerra. Guerra no pasó en las Mayores de cátcher suplente, pero en Cuba tuvo grandes temporadas y era un líder nato. Miguel Ángel tampoco fue estelar en las Mayores, aunque sí a la defensiva, y llegó a ser uno de los patriarcas del béisbol cubano. Pienso que por esa razón, y porque la habilidad defensiva es tan importante detrás del plato, Miguel Ángel González debía ser el receptor de este equipo. ¿Dónde poner a Martín Dihígo? La leyenda dice que era estelar en todas las posiciones, inclusive la de manager. Estoy dispuesto a creerlo, pero pienso que su mejor posición era la de lanzador –claro, un lanzador que podía ser también cuarto bate. Por eso lo pongo encabezando el elenco de lanzadores, que se completa así: José de la Caridad Méndez; Adolfo Luque, que ganó 193 juegos en las Grandes Ligas; Camilo Pascual, que tuvo 174 victorias en las Mayores, y ponchó a 2167 bateadores, y es en mi opinión el mejor lanzador cubano de todos los tiempos –de haber jugado para un equipo mejor que los Senadores (de Washington) se habría acercado a 300 juegos ganados–; Luis Tiant Jr., ganador de 229 juegos en las Mayores, con cuatro temporadas de 20 victorias o más, y abanicó a un total de 2416; Miguel Cuéllar, con cuatro temporadas de más de 20 ganados y un total de 185 victorias, uno de los mejores zurdos de su generación en las Mayores; Ramón Bragaña, ganó 48 juegos en la Liga Cubana y 211 en la Mexicana, a lo que habría que añadir sus victorias sobre equipos de Grandes Ligas en Cuba; Agapito Mayor, el combativo lanzador ganó 68 juegos en la Liga Cubana y 98 en la Mexicana, pero su mejor actuación puede haber sido en los Amateurs y torneos internacionales, aunque en la Serie del Caribe de 1949 (la primera) se alzó con tres victorias; Conrado Marrero, el mejor lanzador amateur, ganó 69 juegos en la Liga Cubana, 70 en la Liga Internacional de la Florida, y 39 en las Mayores lanzando para los Senadores de Washington; Pedro Ramos, ganó 66 juegos en la Liga Cubana, 16 en la última temporada del circuito, y 117 en la Liga Americana, donde también militó, sobre todo al principio, con los Senadores, aunque también con los Indios de Cleveland y, por último, como relevista notable con las Yankees de Nueva York. Tomado de La gloria de Cuba. Historia del béisbol en la Isla, Editorial Colibrí, Madrid, 2004, pp. 41-47.

Wednesday, September 2, 2009

Mis dos orillas

Lo siento. He estado pensando demasiado en la Isla en estos días. No lo puedo evitar.
El país será golpe sordo sabor a sangre / humo en mi boca cuando vengan a preguntarnos otra vez a quién debemos la sobrevida. Y diremos qué importa. No temo huir no me temo. Temo perder el sabor de la fruta madura de donde sacan el vino nacional. A quién le debo yo mi podredumbre. A qué nombre estoy sujeto. Quién sopló en mi costado. Quién me arrancó los ojos para dejarme mudo. Tengo derecho a traicionarme. Voy directo a la duda en dos mitades desiguales. Esta noche estaré entre los acusados saldré en la televisión como el vilipendiado de turno me juzgarán serio grave como arena negra. Desnudo estaré cuando vuelvan a preguntarme de dónde vienes. Y diré: tengo una palabra aquí una palabra / sola dura de matar una palabra / isla dura de matar una palabra / balazo en la cabeza. La isla es un punto cardinal en esta fiesta. A quién le debo yo mis dos orillas.
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cerré a la realidad las puertas de la dicha la sangre comienza a ser lodo
no hagamos más difícil esto de una pared y otra pared la raíz del hielo está creciendo como isla a la deriva
hacia ningún lugar de la tierra llamado paraíso defunciones
rupturas
viajes si no siento que me llaman cómo les rompo la máquina de odios los trenes de espuma y óleo surcan ahora el miedo a morir
lo que se deja en herencia no simula altares vagas noches
el cepo de dios
la isla enferma
mis puntos cardinales de lo precario se oye el aleteo de ave migratoria
las dosis de amar que el tiempo resta.
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toda palabra escrita sea parte de mí he visto. fui feliz sin abstenerme sin evasiones. todo cuanto sufro no lo aprendí en esta vidamiseria. anduve. ando. vine de la muerte que es como gramo de polvo sobre el asfalto.
ya está dicho: algo roe las entrañas del país. las trazas del odio ya no suman. en noches de tos y salmos soy parte del desfile antiguo.
vidainútil
he visto. una palabra no dicha está flotando. está en el aire. está en las aguas. va a estallar como torpedo como granada en mano. la línea diurna destaca el añejo dolor. si una sombra duele ¿será mi sombra? toda palabra escrita sea parte de mí
como silencio que recorre el terraplén de polvo
esa lengua de olor contaminada cualquier todo escrito: lina y su noche espléndida, raúl y sus toques en la puerta, josé mario y surcos de tierra en rodillas que sangran quiénes frenan la rabia cobijada en el párpado y la raíz vidamuerte. en esto que va a la deriva yo creí. ahora la casa de mi fe está cercada por lobos tumbada en la manigua. el sitio donde ahogar los cadáveres de mi guerra. soñé una isla de amparo y desnudez. al despertar hallé el manicomio en sordina de otros cuerpos danzando. los he visto. tú lo has dicho.
algo como la noche está cayendo.
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he regresado de la guerra
he inyectado mi cabeza
han herido mi memoria
tengo la isla partida en dos mitades
como puntos cardinales del silencio.
Foto: front cover photo of Ana Mendieta: Earth Body, Sculpture and Performance 1972-1985 (Untitled (Body Tracks), 1974, Estate of Ana Mendieta Collection (http://www.johnbr.com/photos/uncategorized/2007/08/27/img_0534.jpg)

Saturday, August 22, 2009

El pianista

Era uno de los mejores pianistas de su generación. Lo sigue siendo aún. Quién puede negarlo. Nada en el mundo le iba a impedir acceder al Olimpo de los grandes instrumentistas cubanos a quien desde niño sintió que en lugar de salir a jugar afuera con sus amigos, las horas las pasaba mejor frente a las teclas del piano de su maestro. Se graduó en la más exigente escuela de música del país. Era casi un adolescente todavía y ya se codeaba con los mejores, integraba grupos para acompañar a grandes cantantes y salir de gira al extranjero. Entonces descubrió el doble filo de la vida, el juego intenso, inacabable, entre verdad y mentira. Pero lo suyo era la música, no esas tensiones ajenas usadas para regodeo de los resentidos. Su primer disco, enmarcado en el género jazz, fue una pequeña obra maestra. Eran los primeros años noventas. En medio de tanto desasosiego nacional, atrapados como estábamos todos en las incertidumbres del futuro y agobiados por las frustraciones del pasado, las pistas de su fonograma llamaron mucho la atención entre quienes pudieron escucharlo: era más que la reinterpretación de un legado, más que la revisitación o la relectura de lo más pertinente dentro de la anchurosa y aparentemente inabarcable historia del jazz. No obstante, su talento corría el riesgo de ser opacado por los pesares de la vida en la Isla. No había nacido en La Habana. Era de una ciudad del oriente cubano y para instalarse en la capital, debió darle la cualidad de habitable a un frío cuartucho de tres por tres que apestaba a humedad y se inundaba si llegaban los nortes. Estaba en la azotea de un viejo edificio de Centro Habana y para subir hasta allá debía casi treparse por una escalera destartalada y sin baranda. Como un mal recuerdo guarda aquellos dolores en la columna, pues para poder tocar el piano vertical, debía sentarse en la cama. Así durante horas. Y sin embargo se movía. Allí se armaban descargas que alcanzaron eco hasta en la prensa extranjera. Los socios músicos llegaban con sus instrumentos, subían contrabajo y drum y ya estaban ensayando y tocando. Intentó ahorrar algún dinero con el objetivo de comprar alguna casa, pero entre los altos precios y la burocracia se encargaron de señalarle el camino del no retorno. Cuando se cansó de todo aquello, fijó residencia en Europa. Un exiliado más que debió comenzar a remar por su propia sobrevivencia sin traicionarse como artista, aunque en primeras instancias eligió mantener su ciudadanía cubana.Un mal día lo bajaron de un tren en la frontera entre Holanda y Alemania acusándolo de posible inmigrante. Y entonces comprendió que haber nacido en una pobre isla bañada por el Caribe tenía sus arcanos. Hoy exhibe con orgullo su pasaporte de la Unión Europea y gracias a ello ha viajado por medio mundo haciendo lo que mejor sabe hacer: tocar el piano como los grandes de todos los tiempos.

Sunday, August 16, 2009

Vivir como cubanos

Esto lo acabo de leer en el blog Habaneceres, de Luis Manuel García, y como me ha parecido insuperable (y encima ando sin mucho tiempo para escribir), lo reproduzco aquí:

"Vivir como los cubanos no es sólo escasez o incomodidad o ansiedad de un futuro prometido que, como el horizonte, es siempre inalcanzable; es también claustrofobia, hastío, resignación porque el destino no está en nuestras manos, nada podemos hacer con la propia sabiduría, tenacidad y esfuerzo para mejorarlo. Vivir como los cubanos es alcanzar el triste consuelo de que sólo fuerzas superiores cambiarán nuestro hado: una iluminación repentina de los dioses locales o la benevolencia, igualmente repentina, del enemigo, causante oficial de todos los males del universo durante medio siglo. Vivir como los cubanos es oír hablar de la cultura a los mismos que redactan el index de los libros prohibidos; escuchar que somos el pueblo mejor informado gracias a un puñado de diarios clónicos, aunque no dispongamos de Internet ni de medios alternativos; que somos tan saludables que podemos prescindir de médicos y medicamentos, exportados a pueblos enfermos, porque aquí los únicos que mueren poco a poco son los hospitales; que nos califiquen como un pueblo rebelde quienes nos educan en la obediencia; que nos llamen valientes los mismos que premian la cobardía, y que alaben nuestra pobreza digna sus causantes. Vivir como los cubanos es oír hablar noche y día del futuro mientras nadamos contra la corriente para mantenernos en el presente, para no ser arrastrados hacia el pasado; ser apedreados por las palabras sacrificio, estoicidad, esfuerzo, frugalidad y abnegación por señores que después recogen las palabras, porque son multiusos como una cuchilla suiza, montan en sus autos climatizados y comentan con sus esposas y amantes en las mansiones de Miramar que no hay un pueblo como éste, tan feliz en las lapidaciones. Vivir como los cubanos es vivir en una de esas esferas de cristal que se colocan sobre la repisa de la chimenea, y donde llueven discursos si las agitas. Miramos hacia afuera, pero el cristal sólo nos permite ver sombras. Según algunos, más allá del cristal, el mundo se despeña hacia el cataclismo. Según otros, más allá florece una primavera eterna y en colores. Quienes regresan de visita a la esfera traen noticias contradictorias de un mundo con cuatro estaciones.

Foto: Agencia EFE

Saturday, August 8, 2009

Parábola del ave

Un matrimonio de médicos amigos nuestros nos visita. Hace algunos años abandonaron su misión en un país caribeño y decidieron establecerse en Estados Unidos. El gran problema: ella dejó una hija en Cuba y teme por las represalias que normalmente el régimen cubano toma en esos casos, impidiéndole a la niña que se reúna con su madre en este país. Nadie se extrañe de que haya escrito la palabra “normalmente”. Sabido es que con la dictadura cubana, lo normal es lo anormal. Es normal la anormalidad de que en Cuba pisoteen nuestros derechos y nos dejemos pisotear. Sobre todo cuando comprobamos la cantidad de veces al año que se repite, pero a la inversa, la historia del balserito aquel de Cárdenas que conmovió a medio mundo. En medio de la conversación surge el tema de que por nada del mundo ellos van a integrarse a alguna organización que intervenga a su favor con el objetivo de denunciar el caso. “Eso sólo demoraría el viaje o lo impediría”, dicen. Sé que no les falta razón en el sentido de que el gobierno cubano es así de revanchista y represor, y suele valerse del chantaje para castigar a quienes escapan de esa inmensa prisión en que han convertido la antiguamente próspera Isla. Por eso se comportan a veces como si premiaran “la buena conducta” de aquellos emigrantes que no reclaman sus derechos en espera de que algún funcionario investido de poderes terrenales que se asumen como celestiales baje el dedo o estampe una firma. Los cubanos son rehenes dentro de su propio país, secuestrados en sus más mínimas opciones de movimiento, obligados a certificar que no son culpables de delito alguno para ganarse la aprobación policial de sus actos diarios. Igualmente triste es que viviendo ya en el extranjero, tengamos que comportarnos como tal y seamos rehenes también de los consulados cubanos que, cual prolongación de las oficinas del Ministerio del Interior, extienden por doquier las negativas de entrada al país. Al margen de lo político, los cubanos tenemos que aprender a defender nuestros derechos civiles y a entender que en el mosaico de lo social es completamente lícito separar la lucha por el respeto de esos derechos mancillados desde hace medio siglo en Cuba de una filiación a una organización o un partido político determinado. Máxime si ya vivimos en un país que ha hecho de esos derechos y libertades su principal estandarte universal, llámese Estados Unidos o Francia. Puede que no sea sencillo entenderlo cuando se vive dentro de una prisión. Pero “desaprenderlo” en libertad me recuerda aquella parábola del ave: llevaba tanto tiempo encerrada en su jaula que un día, cuando le abrieron la puerta, temblaba como una hoja.
Foto: Silvia Corbelle Batista (http://vocescubanas.com/boringhomeutopics/)

Sunday, July 26, 2009

Del silencio como argumento (temporal)

A veces, mi hija pregunta cuándo regresaremos a Cuba. Deja caer la pregunta realmente sin imaginar la desazón que provoca en su madre y en mí. Por ahora es sólo ese “cuándo” lo que al parecer perturba un poco su cabeza. Quizá un problema mayor surja el día que incorpore el “por qué” a sus inquietudes. Hay argumentos que mi pequeña hija no puede entender aún. Es obvio que hay razones que sólo el tiempo conseguirá colocar dentro de un ser que apenas tiene siete años de vida. El miércoles pasado, día 22 de julio, fue su cumpleaños. Mi hija y yo bajamos la -a esa hora-desolada escalera del complejo de apartamentos donde vivimos y pusimos rumbo a la casa donde la cuidan. Hicimos el trayecto en silencio, yo escuchando un poco de música country en la radio del auto, mi hija mirando por la ventana todo cuanto pudiera atrapar con sus ojos. Eran cerca de las nueve de la mañana, el tráfico no era tan asfixiante. En algún lugar había leído que Houston ocupa el cuarto puesto entre las ciudades con peor tráfico en Estados Unidos. Bueno, hace apenas un año y cuatro meses yo pedaleaba una bicicleta que casi valía su peso en oro, allá, en aquel país, ustedes saben dónde. Es probable que mi hija no recuerde aquella bicicleta, en la que instalamos una pequeña silla de madera para que ella se sentara. O tal vez la recuerda, pero no la considera un elemento de importancia y poco a poco la irá borrando de su memoria. De lo que no le he hablado todavía es de los múltiples tropiezos que debió sufrir su padre por el simple hecho de no compartir las ideas políticas de los militares que han secuestrado durante medio siglo el país donde nació. Que fui silenciado como escritor y periodista y prácticamente fui expulsado del centro de trabajo por órdenes directas de la Seguridad del Estado y los funcionarios del partido único, que vienen a ser lo mismo con diferentes uniformes. No le he contado del acoso de la policía (no tan) secreta hacia todos aquellos que creemos en la democracia, el pluralismo y la libertad de expresión, y que queremos para Cuba y los cubanos los mismos derechos que nos amparan en las naciones extranjeras que nos han abierto los brazos para establecernos dentro de sus fronteras, con todos los rigores que eso implica.Todavía hay muchos argumentos que no he podido explicarle a mi hija. Quizás paulatinamente aprenda a descifrar los silencios de su padre cuando toma su mano para conducirla a un refugio de paz, lejos por suerte de la inmensa prisión en la que han convertido la tierra a la que hoy desea retornar.

Thursday, July 16, 2009

Cuarentones

Este texto que leerán a continuación fue escrito hace ya algún tiempo, pero parece de ahora mismo. Conserva la frescura de las verdades perdurables. Pertenece a una amiga a la que prefiero mantener en el anonimato, pues todavía vive en Cuba. Quizás lo hayan leído ya por ahí, pero no estaría mal repasarlo de nuevo.
La generación nacida en los sesenta cumplió, o está por cumplir, cuarenta años. En Cuba, esas cuatro décadas han definido circunstancias muy diferentes a las del resto del mundo para la fuerza técnica calificada. Los cuarentones de hoy se espantan al mirar atrás y recordar con qué promesas comenzaron su vida, y tienen terror de comparar lo que esperaron tener con lo que tienen. Diríase que han sido cuatro décadas en que la opción individual de cientos de miles ha sido una carrera desatinada hacia ninguna parte, azuzados por himnos y consignas que cada vez suenan más cascados, más obsoletos.
Desde la infancia del cuarentón de hoy, cuando vestía su almidonado uniforme de pionero y aprendía a jurar que sería como el Che, todos lo convencieron de que el futuro sería indefectiblemente luminoso. Las estrecheces de los hogares cubanos eran compensadas con la fe en ese futuro mejor.No importaban los apagones, las movilizaciones cañeras, los zapatos plásticos, el gofio como sustento infantil, si el país era una inmensa obra en construcción donde a toda hora sonaban las concreteras y los martillos, y que se iba llenando de escuelas, hospitales y viviendas. Hechos en serie, es cierto, pero que anticipaban el supuesto bienestar del futuro.
No importó tampoco que rusos, búlgaros y checos se metieran en todo y modificaran en un periquete las más criollas tradiciones de trabajo, pues a cambio inundaban el país de petróleo y tractores, camiones y ladas, pomitos de compota y películas de guerra, chícharos y maquinaria pesada con la que se construiría la industria del futuro.
Luego, y a pesar de la “hostilidad del imperialismo”, casi todos los cuarentones de hoy fueron llevados por sus padres a aquellas famosas Vueltas a Cuba, donde podían hospedarse en los mejores hoteles del país; mientras los más afortunados daban la vuelta aún más lejos, en las “giras por los países socialistas”, donde el futuro parecía brillar en todo su esplendor.
La inocencia de los cuarentones de hoy se fue perdiendo en las becas donde se libraban sórdidas batallas nocturnas y los profesores tenían odaliscas particulares. Era el tiempo de otros sacrificios: inventar un pantalón campana con tela de saco de harina, esconderse para oír la música favorita en emisoras enemigas, sobrevivir con la asquerosa pitanza servida en bandejas de aluminio, la lucha por conservar unos centímetros más de pelo, la primera afeitada con la cuchilla Gillette que le mandaron a alguien, pegada en una postal desde el país enemigo.
Detrás de las cuchillas, un buen día vino “la comunidad”. Hubo que sonreírles a señoras teñidas de rubio, fragantes y sonrosadas, que se asombraban de lo grandes que estaban los muchachos, y regalaban productos de la maldita sociedad de consumo, donde, al parecer, nadie tenía que sacrificarse tanto para asegurarse un futuro luminoso. Pero lo mejor era no pensar en cuestiones metafísicas: llegaba el momento de escoger con qué carrera cada adolescente iba a construir el futuro. Sonaba la hora de estudiar en la universidad.
Los cuarentones de hoy se vieron, de pronto, instalados en Novosibirsk o en Vladivostok, en Bakú, Tashkent o Tbilisi, estudiando especialidades con nombres insospechados en el pequeño país caribeño: Física Nuclear, Electrónica aplicada a la computación, SAD-PT y así por el estilo.
Predominaban las carreras técnicas, pues todos querían ser ingenieros o científicos para hacer que el futuro llegara más rápido. Mientras, los cuarentones de hoy que se quedaron, invadían también frenéticamente las escuelas de ingeniería y sólo unos pocos, desafiando la oleada tecnicista, hacían unos tímidos estudios sociales.
El que no iba a ser médico o ingeniero, tenía el sagrado deber de meterse en el Destacamento Pedagógico, con vocación o sin ella. ¿No era acaso lo que necesitaba la patria? Las nuevas generaciones hervían de entusiasmo, pues con una juventud casi totalmente profesional no habría país que compitiera con éste.
Pero cuando los cuarentones de hoy terminaron sus estudios, se encontraron que no había dónde utilizarlos. La mayoría de las especialidades que habían estudiado resultaban completamente inútiles, pues en Cuba aún no se podían aplicar los novedosos conocimientos adquiridos.
Los que venían de tierras distantes regresaron con sus visiones particulares del socialismo –que extrañamente no se parecían mucho entre sí–, pero compartían un status de aristócratas técnicos muy chic. Además, regresaban cargados de símbolos del futuro socialista que hacían sonreír a los que conocían el otro “futuro” (el pasado): muebles, bibelots e incluso exóticas mujeres con axilas sin depilar.
No obstante, la riqueza soñada nunca pareció más real que cuando el cuarentón de hoy empezó a trabajar en el desatinado sistema empresarial cubano. Muy pocos lograron avanzar en su especialidad: la mayoría era necesaria para dirigir con nuevas estrategias aquellas entidades donde el socialismo había ya materializado su ineficacia económica.
La “política de cuadros” y el Partido acogieron con brazos abiertos la nueva hornada de profesionales, pues la ineficacia, obviamente, se debía a la caterva de jefes veteranos que, dormidos en los cojines de sus medallas militares, no daban pie con bola en la economía política, ni en los planes quinquenales. Siguiendo el ejemplo de la gran Rusia, había que emprender la “rectificación de errores”.
Lo que nadie podía imaginarse era el vuelco total de la historia que empezó con la perestroika. Ni lo que siguió: la caída del Muro de Berlín arrastrando al bloque del Este. Y por extensión, tampoco nadie previó la onda expansiva que haría tambalearse al país caribeño en ese abismo llamado Período Especial.
Muchos cuarentones de hoy, más o menos situados, emigraron en balsa en 1994, dejando sus Ladas y su carné del Partido; el resto se quedó vegetando y se convirtió en aquella masa famélica que se lanzaba al campo a cambiar las ropas por plátanos y los zapatos por cerdos, pues para entonces ya sus hijos ocupaban el primer puesto indiscutible en el orden de prioridades de la supervivencia.
Por primera vez, la fe del cuarentón de hoy se estremeció profundamente. Las promesas en las que siempre creyó debían reconsiderarse. Del enternecedor optimismo que lo alimentaba hasta entonces, cayó en el desconcierto, la incertidumbre y el miedo.
Para colmo, la apertura de tiendas en divisas (fuera de su alcance) los condenaron a una competencia desgarradora con sus contemporáneos por descubrir y explotar algún medio de entrada de dólares, para lo cual sus estudios especializados no le servían de nada. Así, cientos de arquitectos, ingenieros y médicos fueron a servir cócteles y limpiar habitaciones en hoteles para turistas, que encontraron muy distintos de cuando, dichosos, daban la Vuelta a Cuba con sus padres y donde ahora sus propios hijos no podían entrar.
Esa época fue más oscura por la muerte de las ilusiones que por la muerte de la economía. El cubano se acostumbró a la degradación total, aun cuando la crisis se suavizaba lentamente. Los valores éticos tradicionales fueron puestos al revés como un abrigo viejo. No es extraño, entonces, que la voluntad de la nación –salvo honrosas excepciones– se aplanara a un nivel animal, de manipulación absoluta por parte del gobierno.
Y he aquí al cuarentón de hoy, que todavía lleva dentro al pionerito de pañoleta que creía en el futuro luminoso, sin saber qué decir a sus hijos adolescentes que odian la idea de estudiar en la universidad, le piden jeans de 20 dólares y sueñan, sin excepción, con ser camareros o emigrar a Estados Unidos. Su vida es un círculo vicioso de trabajo inútil, colas interminables y malabares con el salario. No puede ni tirar una canita al aire: los romances cada día son más caros.
Se desliza hacia los cincuenta sin que ninguno de sus sueños se haga realidad. Se le ponen los dientes largos cuando se entera del éxito de sus contemporáneos que lograron instalarse “afuera”.
A veces, atormentado por el insomnio, se pregunta por qué no tuvo valor para echarse al mar en una balsa y dónde fue a parar el paquete de promesas en que le enseñaron a creer. Quisiera saber para qué sirvió tanto sacrificio, tanta juventud malgastada. Le parece mentira que ya está en el futuro, en aquel futuro que imaginaba tan distinto. Es muy duro admitir que su cuota de futuros se ha agotado.
Foto: EFE

Saturday, July 4, 2009

Un bosque húmedo después de la tormenta

Hoy es el Independence Day y me he despertado preguntándome por qué escribo en este blog si apenas tengo lectores. Y peor, si apenas tengo tiempo para actualizarlo tras llegar a casa casi de noche, después de trabajar. ¿Vale la pena tener un blog que sólo puedo actualizar los fines de semana? Los poemas de Delfín Prats que me envía un amigo desde México me han sacado de estas cavilaciones. Desde que abrí esta bitácora tenía deseos de dedicarle unas líneas a la obra de este poeta cubano, amigo, ex compañero de trabajo, maltratado por la política, golpeado por la vida. Delfín había comenzado a trabajar en el Centro Provincial del Libro de Holguín hace dos o tres años con la esperanza de completar pronto el tiempo necesario para asegurarse algún retiro. Muy a pesar suyo, me consta. Pero como en la vida nada le ha resultado sencillo al poeta de El esplendor y el caos, en Cuba las leyes laborales han sido modificadas y ahora Delfín deberá esperar cinco largos años más para retirarse. Entre los escasos libros de poesía que pude traer de Cuba está un impreso (mirado con gran curiosidad por los agentes de Aduana, que finalmente lo dejaron pasar sospecho que sin entender nada) con los trece textos de Lenguaje de mudos, aquel libro vetado, convertido en pulpa y desaparecido de la superficie terrestre, que un amigo me convida a releer. Al poeta quisieron callarle la voz para siempre. Quisieron que también él se comiera sus papeles, que tragara sus versos y luego sudara consignas de hombre nuevo y futuro pluscuamperfecto. Era como purgar las palabras que contenían el pasado. Quisieron que aprendiera la lección de los nuevos tiempos. Y si no, pues que se muriera. El mañana no pertenece a los flojos. Los flojos no tienen mañana. Para los flojos no amanece nunca. En un país sin agua, ¿qué hacer con la sed?, se preguntaba Michaux. Donde prescriben el silencio no valen palabras. Te lo quitan todo. Pierdes tu condición civil, tu carta de ciudadanía. Nada puede contra tanto vacío acusatorio en la mirada de los otros. Y entonces el poeta calló. Vendió sus libros. Permutó su casa. Perdió amigos y, como de paso, algunos dientes. Adelgazó. Trabajó en cualquier cosa. Le nació una incipiente calvicie. Cambió sus papeles por bolsitas de té que mal complementan los esporádicos paquetes enviados por algún amigo en el extranjero. A veces el poeta recuerda esos graciosos trabalenguas que le escuchó algunas veces a Reinaldo Arenas, como aquel que habla de “una vida vana que vació su vanidad lejos de un bar en Varna”, y alguna que otra anécdota de una existencia demasiado en los bordes. A veces también vienen a su mente algunos versos suyos, y de otros, Esenin, por ejemplo, aquellas lecturas, aquellos años en la vieja Unión Soviética, aquellos templos majestuosos y los hombres avanzando de rodillas hasta los iconos. A veces habla de eso. Y a veces recuerda la noche habanera. A veces. Ya no hace falta romper la noche con un tremendo aullido, escribió Delfín. La poesía, qué animal extraño en un país de ajenidades. El poema suele esquivar a quienes pierden la fe y de él huyen. En tanto logos jamás neutro, la poesía también se nutre del silencio ajeno con una voracidad caníbal. Hoy, día 4 de julio, recuerdo a Delfín y me reencuentro con algunos de sus poemas. Como este, que casi me sé de memoria por las tantas veces que lo leí. HUMANIDAD Hay un lugar llamado humanidad un bosque húmedo después de la tormenta donde abandona el sol los ruidosos colores del combate una fuente un arroyo una mañana abierta desde el pueblo que va al campo montada en un borrico hay un amor distinto un rostro que nos mira de cerca pregunta por la época nueva de la siembra e inventa una estación distinta para el canto una necesidad de hacer todas las cosas nuevamente hasta las más sencillas lavarse en las mañanas mecer al niño cuando llora o clavetear la caja del abuelo sonreír cuando alguien nos pregunta el porqué de la pobreza del verano y sin hablar marchar al bosque por leña para avivar el fuego
hay un lugar sereno un recobrado y dulce lugar llamado humanidad
Foto: Kaloian Santos

Saturday, June 27, 2009

Dios y mortal

Que los dioses son mortales ya lo sabíamos. Que algunos se hacen los muertos (y a veces los vivos), también. Pero lo que no llegué a imaginar es que Michael Jackson todavía viviera.
Y digo el verdadero Michael, no ese hombrecillo de magro cuerpecito casi transparente, ataviado con todos los brillos de una existencia desaforada, de palidez proverbial y renqueante apariencia que salía a veces en la prensa. Porque ese no era Michael, sino un impostor, su mala copia.
Yo digo aquel ser de excepcional talento, de virtuosismo absolutamente fuera de lo común, que sin poseer grandes cualidades vocales, logró trascender como la más acabada fusión humana de bailarín, cantante, coreógrafo, compositor, actor y también empresario musical.
Yo digo aquel ser capaz de resucitar de entre los muertos cada vez que se trepaba a un escenario, cuando apenas unos días lo habíamos visto ante las cámaras caminando como si flotara, del brazo de un ayudante o “guardia de corps”, vaya usted a saber quién y por qué, o levantando hacia el infinito una mano tan delgada y blanca como la línea que separa la ilusión y la locura, el esplendor y la caída.
Digo aquel al que admiré sin reservas porque nunca creí se podía resumir mejor todo lo que un artista quería conseguir en base al auténtico hallazgo de todas sus expresiones corporales. Aquel al que quise imitar tantas veces ante el espejo sin poder hilvanar más que dos o tres movimientos entre atávicos y ridículos (y algunas esdrújulas más que ahora callo), y cuyos pasos de “moonwalker” acompañaban los pocos ejercicios que aprendí finalmente del break dance allá en los ochentas.
¿Entonces cuándo murió realmente Michael? Tal vez cuando dejó de creer en sí mismo y traspasó el umbral de la belleza del arte –su arte– al espacio remoto de la pérdida total de identidad y sentido, o cuando sobre los residuos de una juventud en la que pareció alcanzar todo se erigió una máscara que paseaba sus poses y sus escándalos por todo el mundo.
De todas las verdades dichas en estos días tras la muerte de un Michael Jackson que me costó reconocer, me quedo con las menos grandilocuentes, las más pequeñas y apegadas a lo que significó en vida para quienes tuvimos la suerte inmensa de ser sus contemporáneos y ver ahora esos videos con nostalgia de adolescencia y juventud.
Aquel Michael bailó para nosotros, simples mortales que lo creímos Dios.

Sunday, June 21, 2009

La expo de Norberto

Veo que es domingo en la noche y Norberto no ha puesto nada en su blog sobre su exposición en el Instituto de Cultura Hispánica, de Houston. Vaya usted a saber por qué. De modo que visto el hecho y comprobado el caso, aquí van las fotos que tomamos Martha María Montejo --es decir, mi esposa-- y un servidor. Fue una buena ocasión para encontrarnos por primera vez dos bloggeros cubanos en esta ciudad y compartir con gente buena y cargadas de historias para contar. Y según me dijo el propio artista, no le fue nada mal esa noche. Pero dejémoslo ahí, que no he sido autorizado a revelar nada.

Sunday, June 14, 2009

The Beer Can House

Les debía estas fotos de la Beer Can House, ubicada en el número 222 de la Malone Street, en Houston. Su construcción, debida a los desvelos de John Milkovisch, comenzó en 1968 y todavía veinte años luego estaba el cervecero John colgando aritos y chapitas de lata. El viento hace sonar interminablemente las cortinas metálicas, lo cual imagino no será muy agradable para los vecinos, aunque a algo hay que exponerse cuando se tiene una obra de fama universal en el vecindario. La casita tiene sitio en Internet, donde pueden hurgar en su historia y ver varias imágenes de Milkovisch y las distintas etapas constructivas del lugar. Estas fotos que aquí ven, desde luego, son mías. De paso les anuncio a mis numerosos lectores que a partir de mañana lunes no creo tenga mucho tiempo para bloggear, pues tras casi dos meses de estar desempleado he encontrado trabajo. No obstante, en cuanto tenga media hora libre algo postearé.

Thursday, June 11, 2009

Nutria en el Hermann Park de Houston, Texas

Y nos encontramos este animalito en el Hermann Park, con lo cual hago el estreno oficial de videos en este blog. La chica en la bicicleta es Alicia, o sea, mi hija, que al estar ya de vacaciones me obliga a estos tours.

Tuesday, June 9, 2009

Yo me llamaba Oriol Puertas

Oriol Puertas nació, surgió o vio la luz en el año 2003. Fue mi seudónimo como columnista de Encuentro en la Red casi hasta que vine para Estados Unidos. Yo escribía desde Cuba, específicamente desde Holguín, y la decisión para enmascararme bajo un sobrenombre llegó tras numerosas represalias por haber publicado algunos trabajos de temas literarios con mi verdadero nombre en la revista Encuentro de la Cultura Cubana y su diario en internet. Eso en La Habana era y es un pecado de lesa política, peor que un tumor maligno en el cerebro del sistema. Imagínense en una provincia del devastado oriente cubano donde yo vivía. Encuentro en la Red me hizo volver al periodismo, sobre todo al de opinión, después de estar un buen tiempo alejado de la profesión que escogí estudiar. Tras haberme graduado en Santiago de Cuba, trabajé como reportero en el semanario ¡Ahora! durante los dos años del denominado Servicio social. Concluido ese tiempo, me harté y acabé como editor de literatura durante unos cuantos años en el Centro del Libro, aunque mantuve siempre algunas secciones de música y literatura en la radio y colaboré con numerosas revistas y publicaciones de todo pelaje dentro de la Isla. El injusto encarcelamiento de 75 opositores, activistas y periodistas independientes en la “primavera negra” de marzo de 2003 fue como un mazazo para todos los que ya no tolerábamos tanta represión y censura. Comencé a colaborar con Encuentro en agosto de ese año, sólo que para poder hacerlo y llevar adelante una labor de denuncia de las múltiples violaciones de los derechos humanos que se cometían debía enmascararme bajo un nombre falso y proteger de paso a la persona que me facilitaba el acceso al correo electrónico. En realidad el grueso de los trabajos salió bajo el seudónimo de Oriol Puertas, aunque no fue el único que utilicé. También usé los de Luis Alberto Alba, para trabajos que tenían como tema central la literatura y los libros; y Yanet Maldonado, autora de una entrevista al valiente sacerdote cubano Olbier Hernández Carbonell, actualmente radicado en España, que tanta colaboración nos prestó para materializar el proyecto de la revista Bifronte. Conmigo trabajaron enviando sus propios trabajos cuatro personas más, de las cuales sólo puedo revelar hoy el nombre de Luis Felipe Rojas (bajo el seudónimo de Jairo Ríos), quien todavía (sobre)vive en el batey de San Germán, en Holguín, desde allí sigue publicando en Encuentro –donde por cierto acaba de estrenar blog– y ha desarrollado una extraordinaria labor como periodista independiente, ya sin tener que usar los fastidiosos, aunque en su momento salvadores, seudónimos. Nos reuníamos todas las semanas en cualquier lugar de la ciudad de Holguín para “conspirar” un poco, acompañados siempre por una botella del ron que apareciera. Éramos un grupo que en algún momento llegó a ser identificado extrafronteras un poco en broma como “Oriol Press”.
Fue esa una etapa importante de mi vida, que trajo numerosas preocupaciones para mi familia, como es lógico, pero en la que sentí que aportaba algo en esta enorme tarea todavía tan inconclusa de desenmascarar los horrores de medio siglo de dictadura totalitaria en mi desdichado país de nacimiento.

Wednesday, June 3, 2009

El affaire Kundera y medio siglo de chivatería “revolucionaria”

En algún archivo de la Seguridad del Estado cubana debe figurar una denuncia realizada contra mí y otros antiguos compañeros de cuarto de la Universidad de Oriente, en Santiago de Cuba, por allá por los meses de febrero y marzo de 1996 a raíz del derribo de las dos avionetas de la organización Hermanos al Rescate. La denuncia, como siempre supimos, fue realizada por un joven estudiante de periodismo que compartía litera con nosotros, reclutado por los “segurosos” presumo que con el objetivo de conocer el estado de opinión de los estudiantes en torno a esos hechos. Recuerdo que estábamos varios estudiantes en el saloncito del televisor, allá en el cuatro piso del edificio F en la beca de Quintero, cuando en el noticiero de televisión leyeron la nota oficial sobre los sucesos. Allí mismo cruzamos opiniones –jóvenes todos, ingenuos como éramos, encandilados con la posibilidad de desmontar, ya que lo estudiábamos y comenzábamos a conocerlo por dentro, un aparato propagandístico que acabaría engulléndonos a la mayoría poco tiempo después– y como sucede muchas veces en Cuba, casi ninguno de los presentes mostró aprobación. Recuerdo que alegamos lo innecesario de tensar aún más el clima político entre Estados Unidos y la Isla, y que un acto como aquel sólo traería mayores conflictos para un país que se ahogaba en medio de la crisis de los años 90, ya saben, el “período especial” traducido en apagones, hambre, epidemia de neuritis, falta de transporte, precios por las nubes, persecuciones de todo tipo a toda hora, periodiquitos de cuatro pardas páginas, balseros interceptados en alta mar o muertos en el intento. Esas pequeñeces. Días después, uno de nuestros compañeros descubrió el pedazo de papel en el que se informaba de los criterios vertidos aquel día. Allí estaban nuestros nombres y apellidos, y por supuesto nuestras opiniones. ¿Qué se suponía que debíamos hacerle al tipejo entonces? ¿Entrarle a golpes y hacerle tragar el papelucho? ¿O mejor lanzarlo desde la azotea? Pues bien, lo curioso es que no hicimos nada, a lo sumo alguien reclamó, algo así como “Pero mira a este cabrón lo que tiene aquí, ya saben, caballeros, hay que cuidarse del socito este”, pero nada más. No recuerdo ninguna bronca por el hecho ni que hayamos dejado de tratar al denunciante. Nos paralizaba el miedo, la congelación de los sentidos, la comprensión de en qué sociedad vivíamos, pero también la certeza de que ese era nuestro modo de pensar y debíamos ser capaces de defenderlo ante quién fuera. He recordado este hecho mientras leía el ensayo publicado en español en el blog Penúltimos días bajo el título “El dilema Kundera”, de Jana Prikryl, que también pueden leer en su original en inglés. El novelista checo fue acusado en una revista de haber denunciado en los años cincuenta a un joven de 22 años que supuestamente había espiado para Occidente. Como resultado de su denuncia, el joven pasó catorce años en la cárcel. No es sencillo juzgar hechos que ocurrieron hace más de medio siglo. A lo sumo, como alega Vaclav Havel, debemos “intentar verlo a través del prisma de su propio tiempo”. Pero acaso la arista más importante del affaire estriba en aprender a discernir la naturaleza calculadora y fría de estos regímenes totalitarios, capaces de transformar a los seres humanos exacerbando la infamia que anida en nosotros, nuestros egoísmos, nuestras bajezas. Los estados policiales, como fue Checoslovaquia más o menos hasta 1989 y como sigue siendo Cuba todavía, nos ponen con frecuencia ante actos similares, en los que los límites de la solidaridad, la ética y la moralidad humanos parecen contraerse hasta la mueca. En todo caso, difícilmente Kundera pueda ser culpable de algo a estas alturas, aunque ello no quita su responsabilidad ante el esclarecimiento de los hechos, es decir, ante la verdad, como bien escribe Prikryl. Cada cubano parece tener una historia similar a esta para engordar los anales de la chivatería “revolucionaria”, con el agravante de que no pocos murieron o han debido purgar años de prisión o pérdida de sus trabajos o expulsión de la universidad o separación de la familia y ese largo y punzante etcétera en que los Castro nos convirtieron la vida. Un hipotético escenario futuro de la Cuba en democracia no aminorará esos rencores, lo sé. Por el contrario, avivaría los deseos de ajustar cuentas con el pasado de cada uno de nosotros. Y entonces sabremos cuánto maduramos como pueblo bajo medio siglo de tortura política.

Sunday, May 31, 2009

Esperanza Spalding en Houston

El viernes en la noche nos fuimos al Miller Outdoor Theater de Houston a disfrutar de un concierto de la cantante y bajista norteamericana Esperanza Spalding, que tiene muy buena página en internet. El Miller es un teatro al aire libre, de entrada libre, con una magnífica concha ubicada en pleno parque Memorial Hermann, cerca del downtown. Aquí pueden ver un video de una actuación suya, y debajo estas fotos tomadas por Martha María Montejo.
Con Carla y Vismal, española ella, boricua él, dos amigos que nos acompañaron al concierto.

Thursday, May 28, 2009

Reverso de postal

Durante varios años, recibir los libros y las cartas que desde España me enviaba Amaia Rubio fue mi único contacto con el mundo. Con cierta regularidad, cada cinco o seis meses, me llegaban aquellos envíos con retazos de su vida y siempre alguna novela o libro de ensayos por lo general de Mario Vargas Llosa, autor por el que compartíamos admiración. Había conocido a Amaia de una manera curiosa: gracias al fútbol. Resulta que un amigo recibía revistas españolas como Don Balón donde aparecían muchas direcciones de gente que declaraban sus pasiones deportivas desde cualquier parte del mundo y proponían los intercambios de los materiales más insólitos relacionados con sus equipos favoritos, la mayoría de ellos de la Liga Española. Amaia vivía en San Sebastián, Guipúzcoa --cómo olvidarlo si durante mucho tiempo fueron las únicas cartas que yo escribía-- y era fan del Athletic de Bilbao; yo vivía en Holguín, Cuba, y tenía algunas noticias de que existía el Real Madrid. Fue a principios de los años noventas, esa década tan dura para los cubanos. Mi amigo se carteaba con aficionados al fútbol de medio mundo y solía recibir camisetas de varios equipos, gorras, algunas revistas, pósters y hasta bufandas. Yo no deseaba tanto lo material, o bueno sí, libros, siempre libros, pero tampoco estaba de más explorar aquel universo negado a todos aquellos que habíamos tenido la desdicha de venir al mundo en una isla varada en el despotismo más ramplón. En una de esas revistas vi la dirección de Amaia, que resultó ser estudiante de periodismo como yo, y comenzamos el intercambio epistolar, que poco a poco derivó hacia la literatura. El tiempo y las complicaciones de la vida posterior se encargaron de alargar cada vez más el espacio entre una carta y otra, hasta que un día no llegaron más aquellos sobres amarillos (que tantas sospechas despertaban en el barrio pues ese era el color de los sobres que recibían los ganadores de la lotería de visas para Estados Unidos) ni libros ni revistas literarias ni fotos. Mi nexo con el mundo se quebró. Amaia dejó España, se fue a la fría Dublín y entonces me llegaron sus postales con fotos de estatuas de James Joyce, tabernas irlandesas y rutas del Bloomsday. Ahora sé que mi temprana inclinación por la literatura tuvo en ella a una gran aliada, aunque Amaia quizás no lo sospechaba. Tiempo después, tras muchos meses sin tener noticias suyas, me la encontré en Facebook y le prometí este post, al que quiero agregar un poema escrito en Cuba por los años 2004 ó 2005 y que no había publicado hasta ahora.
Este es el poema, que va sin título, como todos los que conforman mi libro inédito "Posguerras": desde dublín amaia rubio envía postales libros botellas de bourbon figuras en papel que desdibujan sangran pero aduanas no cede no entiende de cercos
llegan postales con mi nombre a rayas
todo cuanto escribo hunde
todo lo que niego estalla como conchas
latas de azufre que voy reponiendo de otras ferias
cómo hago para no sentarme a escribir materias sino posar para estas fotos
confusión y estío
confusión y hastío
pero siempre confusión
las postales de dublín se llamará la novela de su vida pero mejor es vagar por surcos por jirones de piel por huellas de ociosos y semejantes a náufragos abrir una vena hacia el océano como si flotaran mensajes o de una tabla húmeda brotaran volvieran los muertos que tragó el noventicuatro los lanzallamas orfebres de rojerías
aquellos graffittis sobre el agua decían no y levedades
nada para trascender / nada para que trasciendas
cuán sabio el mar de irlanda la montaña rusa esos montes bajo funiculares pero la sed subiendo el traje a rayas cables como respiraderos tubos la canción de jobim caligrafía panero yo no lo esperaba
yo no esperaba el trago amargo de un reverso de postal
herida de españa yo me invento río de sombra marginados
pura música
aire impuro.
Foto: Estatua de Joyce en una calle de Dublín, en Panoramio.