Thursday, October 15, 2009

La odisea de un hombre bueno

Rubén Ortiz y su esposa Anays Miranda ante la estatua del Padre Félix Varela, en San Agustín, Florida (Estados Unidos). Foto tomada de Facebook.
Estoy pensando ahora en un hombre bueno, con toda la grandeza y la fragilidad de esa dulce palabra. Un hombre bueno, como le gustaba decir a Gastón Baquero, es aquel que reúne el don de la poesía, digamos que hecha carne en este caso, y la sutileza de un carácter afable. Estoy pensando en una persona a la que siempre he estimado y respetado mucho, y que se llama Rubén Ortiz Columbié. Esta semana que ya casi termina me enteré con profunda tristeza que el viejo Rubén fue encarcelado en su querida ciudad de Santiago de Cuba, acusado sabe Dios de cuántas de esas figuras que bajo una dictadura totalitaria como la que padece la Isla toman el nombre de "delictivas". Ya varios medios de prensa se han encargado de denunciar su detención, pero a pesar de ello, Rubén y su colaborador eclesial Francisco García Ruiz se mantienen incomunicados en una mazmorra de Versalles, sede del Departamento de Procesamiento Penal -comúnmente llamado "Todo el mundo canta"- del Ministerio del Interior cubano. En otros tiempos a esos sitios se les llamaban vulgarmente "centros de torturas", pero ya sabemos que la corrección política tan asociada a las izquierdas y a cierta prensa sólo aconseja denunciar esas prácticas si las realiza, por ejemplo, una nación democrática, como Estados Unidos, o una dictadura de las llamadas "de derechas", como la del chileno Augusto Pinochet. Los que lean la nota publicada por el periodista Wilfredo Cancio en El Nuevo Herald tendrán detalles de la acusación. Pero en resumen Rubén, de 68 años, y Francisco, de 46, ambos con responsabilidades dentro de la Convención Bautista Oriental de Cuba, fueron detenidos por la Policía el pasado 3 de octubre, cuando se dirigían desde Santiago hacia la vecina provincia de Guantánamo para llevar una suma de dinero que estaba destinada a diversos proyectos institucionales relacionados con la agricultura y la alimentación en esa zona. Para los que dudan de la integridad ética de estas personas, específicamente en el caso de Rubén, les digo que este hombre no tenía ninguna necesidad de traficar absolutamente con nada, de violar ningún torpe estamento judicial, pues sus tres hijos residen fuera de la Isla y contribuyen con sus donaciones, remesas y ayudas personales e institucionales a sostener esos proyectos. Ha puesto su vida al servicio de la Iglesia Bautista en el oriente de Cuba y sensibilizado con el dramático tema de la hambruna que padece Cuba ha salido a buscar alternativas para contribuir a aliviar en algo las carencias que sufren los miembros de sus comunidades. Pero ni siquiera eso es normal y posible en ese desdichado país nuestro. El mal de fondo es que en Cuba no hay posibilidad de amparo legal fuera del esquema gubernamental trazado desde el Palacio de la Revolución desde hace ya muchos años. Es por ello que el denominado "delito económico" a menudo se convierte en político por el fuerte basamento represivo del régimen y las continuas violaciones del propio marco legal que ellos han creado, cometidas por las mismas autoridades que deberían encargarse de impartir lo que ellos consideran "justicia". Rubén tiene ya una edad avanzada. Padece enfermedades, achaques propios de la edad. No es difícil imaginar lo duro que debe estar siendo para él este injusto encierro, sin posibilidad de visitas familiares, en el que deben estar tratándole como si fuera un delincuente. Le dedico estas líneas porque lo conozco y por el cariño que le tengo de toda una vida, porque sé de sus cualidades, dignas de no ser puestas jamás en tela de juicio y porque siempre nos abrió los brazos especialmente a mi madre y a mí para recibir en su casa al niño que yo era cuando debía viajar hasta Santiago para atenderme en la antigua Colonia Española, reconvertida en clínica durante aquellos años. No cabe otra cosa que esperar que toda esta odisea por la que están atravesando estos dos cubanos y sus familias pueda tener fin pronto y sin secuelas. Pero una cosa son nuestros deseos y otra bien distinta es la cruda realidad.

Thursday, October 8, 2009

Cuaderno de bitácora III

No, a La Habana no la conozco tanto. Conocer, lo que se dice conocer, no. Santiago sí. Nunca dos ciudades se han repelido tanto. Es difícil no asociarlas contrapuestas. Así las vi y las veo. Quizás sea porque nunca viví -vivir, lo que se dice vivir, tener "cuota"- en ninguna de las dos. Pero están en mi geografía. Y las menciono. Y cuando las menciono vienen a mí. Y vuelven a marcharse cada una por su lado, como gemelas en disputa, saltando por la ventana o echando a correr escaleras abajo. De la una hablan todos. De la otra parece no hablar nadie. Acaso muy pocos. La una quiere salvarse. La otra sigue su ruta hacia el olvido, que es la destrucción total por otros medios. Lo implacable descrito con ligereza. En Santiago puedes hundirte. Y de paso respirar empalagosamente mientras buscas algún asidero. Todo es turbio y transparente a la vez. Bajábamos dos o tres veces por semana a la ciudad. A veces más. Partíamos desde la Loma de Quintero. Otra vez. Escaleras abajo. Otra vez. Y luego, al regreso, aquellas virutas de pan seco. Y una caja de libros al hombro. Para mí las palabras despertaron entre aquellas paredes multiplicadas. Hicieron su danza. Palabras y paredes. Volvían y se marchaban. Santiago, esa sofocación. Esos rapers de turbamulta mutando en reguetoneros y un grupito de viejos tocando sus sones en cualquier parque de Enramadas. Esas destrucciones. El mapa de Santiago, aquel mapa de ciudad carcomida, comprendía una línea de tiza que trazábamos desde Cuabita hasta la última de las librerías al alcance de nuestra avidez de escritores en ciernes. Todas las ganas del mundo por llegar a algún lugar. A algún lugar desconocido, situado siempre más allá de cualquier racionalidad. Allí, donde fui indocumentado por unas horas, todo se volvía austero, fútil, descomplicado y la vez tan difícil. Más de una página, en poema o cuento, intentó recoger aquellos humos de pueblo grande, de gran urbe encogida, venida a menos. Todas esas cuartillas tienen hoy la calidad del material inflamable, es decir, la dignidad de la combustión inmediata. Lo mismo que una ciudad con tantos estigmas y tan escasos apologetas.
Foto: Universidad de Oriente. Edificio del Rectorado, en la Loma de Quintero, Santiago de Cuba.